Sensatez y sentimiento: el Sabella que admiramos

¿Quién es? ¿De dónde salió? ¿Cómo es posible que pocos supieran de su capacidad? ¿Cómo nació ese sentimiento tan genuino hacia Estudiantes? Aquí, la nota de Animals! que, en 2009, descubrió el lado de Pachorra menos conocido.

04/11/2016 10:49 Tapas
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Hace apenas unas horas que volvió a su casa luego de la conquista en Belo Horizonte. Como de costumbre, va a la rotisería de su amigo Gustavo, a la vuelta de su casa; allí se esconde porque está Juan Cruz, el hijo de seis años del dueño, fanático de Estudiantes. Y aparece de sorpresa para confundirse en un abrazo con el pibe. Habitualmente se pone detrás del mostrador y atiende al público, y hoy lo repite. Una abuela lo relojea; “¿Usted no es Sabella?”, pregunta. “No señora, ese se parece a mí”.

     La broma no deja de expresar fielmente a Alejandro Sabella, lo define como un tipo común que no se la cree ni pretende subir el perfil, que ni siquiera tendría problemas en ser segundo de sí mismo. Extraño personaje este, imposible de estereotipar; no parece producto argentino ni del fútbol de este país. Como jugador vivió años a la sombra de un crack como el Beto Alonso, como técnico fue ayudante de Daniel Passarella, pero una vez que consigue lucirse y consagrarse no dice “aquí estoy yo”; prefiere darles todo el mérito a los jugadores. Más: les agradece por haberle permitido alcanzar la gloria. Eso, la gloria, es por lo que muchos técnicos le venderían el alma al diablo, y sin embargo él la socializa.

     ¿Quién es Sabella? ¿De dónde salió? ¿Cómo es posible que pocos supieran de su capacidad? ¿Cómo nació ese sentimiento tan genuino hacia Estudiantes?

            Porteño pero no de ley, Sabella encontró en La Plata su lugar en el mundo. Aquí se destacó como jugador pero, más allá de eso, se sintió reconocido. “Alejandro le reconoce a Estudiantes que le dio la posibilidad de ser campeón como jugador, ídolo en su época, que una persona entrara  a la cancha y gritara su nombre. Además le dio la posibilidad del reconocimiento diario”, desliza como explicación su esposa, Silvana Rossi.

He aquí la primera gran razón para que Sabella desarrollara un cariño eterno por Estudiantes. “En cualquier lugar del mundo puede aparecer una persona, un abuelo, que le dice al nieto: ‘Este es Sabella’”, agrega Silvana. Entiéndase, entonces: antes de que se convirtiera en entrenador del equipo, la gente lo identificaba como propio y como personaje central, como no le había ocurrido en otros clubes.

Silvana es pincha de cuna. Su padre fue el primer fanático de su marido. Años antes de que se conocieran los futuros esposos, él le comentó a su hija, emocionado, que a Estudiantes llegaría un crack. “¿Y ese quién es?”, preguntó ella. “Sabella, nena, es un fenómeno”. Varios años después, ya disuelto su primer matrimonio, ese otrora desconocido tocaba la puerta de la casa de calle 4 para preguntarle a aquélla chica si quería salir a tomar algo.





Pachorra había adquirido en La Plata su apodo primero, y su carnet de entrenador después. Fue en ese segundo viaje en el que se enamoró de la profesora de gimnasia artística del Club, integrante de esa Sub Comisión. Compañera de fierro, con ella tuvo dos hijos, Alejandra (16) y Alejo Agustín (13); pero de su anterior matrimonio son Vanesa (30) y Flavia (26), quien hizo abuelo a Sabella a los 52 años.

Nahuel hoy tiene tres años. El también descubrió a un abuelo que no conocía. Le muestran el video del nono en Plaza Moreno, y en el momento preciso en el que asegura que “la ciudad está en orden” y que lleva en sus oídos “la más maravillosa música…”, la familia graba la reacción del nene: “¡¿Qué tat hatiendo abuelo?!”.

Acaso Nahuel exprese, desde su más profunda ingenuidad, un pensamiento que otros comparten. No precisamente por lo que Sabella gritó en el balcón, sino porque es un personaje que hasta él mismo desconocía (al menos plenamente). Años y años como colaborador de Passarella, ¿cómo reaccionaría en el primer plano? Por lo pronto, tenía bien en claro los mandamientos para un buen entrenador. “El primer atributo que debe tener es el respeto. El técnico tiene que respetar al jugador para luego ser respetado. A su vez debe tener ciertas cualidades, necesarias para que el jugador le crea. Son tres las cualidades: que el jugador se dé cuenta de que el entrenador sabe; que tenga capacidad de trabajo; y ser honesto, decirle la verdad por más dura que sea y nunca crearla falsas expectativas”. Pachorra aprovechó el encuentro en la Escuela de Técnicos para dar a conocer una síntesis de su ideología profesional.

“Cuando era ayudante de campo pensaba que cuando fuera técnico no tenía que olvidarme de que había sido jugador”, confesó ante la misma audiencia. La de ser cabeza de cuerpo técnico, entonces, era una idea fija. “Era su gran obsesión. Para él significaba un gran desafío personal soltarse del lazo de Passarella y demostrarse a sí mismo y al resto que era capaz de desarrollarse como técnico principal”, revela un amigo personal.

Sabella da su propia explicación: “Era un desafío, porque se trataba de una prueba interior, y también una ilusión. La prueba se trataba en saber si era capaz. Después, si iba a ser capaz de afrontar esto de ser técnico, y de si iba a ser capaz de volcar en los jugadores todas las enseñanzas que había recibido yo. Era un desafío, pero a la vez un anhelo y un gusto. Un entrenador de fútbol no tiene que dejar de ser un docente, capaz de transmitir los conocimientos que ha adquirido a lo largo de toda su carrera. Siempre pensé en Estudiantes porque era el club ideal para que pudiera sacar lo mejor de mí. O River. Hay una cosa que son las vivencias, otra lo sentimientos y otra la pertenencia. Todas suman. El jugador de fútbol te toma examen apenas cruzás la puerta. Primero, por el currículum que tenés o por lo que fuiste como jugador. Yo tenía una y media de esas armas: la entera, haber sido jugador de la casa; la media, que sin haber sido entrenador tenía una larga y muy buena experiencia en cuerpos técnicos. Y donde yo mejor podía expresarme era en uno de estos dos clubes”.

“Alejandro pensaba muy distinto a Passarella en muchas cosas. Supongo que varias veces tuvo que guardarse su bronca”, contó el mismo amigo. Y de sólo repasar la forma de ser de uno y de otro las diferencias surgen evidentes. Por supuesto que Sabella nunca hará pública una sola de esas diferencias. “No me reprimía cosas. A veces pensaba distinto y esperaba el momento para decírselo. No había divergencias –aclara el técnico-. Lo que nos diferencia es el carácter, pero en muchas cosas somos parecidos. El se reprime menos lo que piensa, yo a veces me guardo cosas. Somos parecidos en que nos gusta el fútbol agresivo. El es más sanguíneo. Dicen que el carácter marca el destino, y eso lo hizo llegar adonde llegó. El es más extrovertido y yo, si bien soy extrovertido para hablar de fútbol, soy en general introvertido. Aunque hablando de política también soy efusivo”.




 
HINCHA DE…
 
            Basta con poner atención sobre un objeto para descubrir nuevos componentes en esa misma pieza. Pues bien, el fenómeno alrededor del técnico de Estudiantes puede entenderse a partir de esta lógica: haber alcanzado el primer plano permite conocer sus atributos. Y también su pasado. Por caso, el hecho de que haya hecho las Inferiores en River, que en ese mismo club haya jugado varios años en Primera, haya salido campeón como jugador y como colaborador del cuerpo técnico, da la imagen de que Sabella fue hincha del Millonario desde siempre. ¿Y si no es así? Al conocerlo, o al querer conocerlo en profundidad por primera vez, se descubre que no fue así.

            El padre de Sabella era muy futbolero. Y muy hincha de un equipo. Tanto que contagió a sus hijos, Alejandro y Marcelo. Los llevaba siempre a la cancha, y no precisamente a Núñez.


            Sin embargo, ese antecedente no desmiente su cariño por River, club al que fue por comodidad. Desde los cinco años jugaba con su hermano en GEBA. Allí un tal Franco –recuerda Alejandro- le insistía con llevarlo a las Inferiores de alguna institución importante. Primero fue a Boca. “Para ir a la Candela tenía que tomar un colectivo, un tren y otro colectivo. Yo vivía en Paraguay y Billinghurst. Me probaron el primer día, al siguiente también, pero me dijeron que hiciera pesas porque era muy chiquito y que volviera en un año. Al año siguiente no fui”.

            En Racing tenía un tren menos. “Fui y justo ese día hacían físico; me dijeron que volviera al día siguiente. Pero no volví. Dos micros y físico…”. La familia Sabella vivía en Palermo, por lo que River le quedaba a un solo ómnibus. Tardó un año en fichar. “Pasó algo: como yo era muy chiquito, me dijeron que tenía que decir que era de categoría 55, y yo era 54. Fui y lo dije. Me probaron dos o tres veces, y me dijeron que fuera al año siguiente. Pero al año siguiente no fui porque me daba vergüenza, ¿cómo hacía para decir que era del 54, que había mentido? Fueron dos veces a buscarme. Hasta que un día un chico de GEBA me dijo que pasaría ‘el miércoles’ a buscarme para llevarme. Llegó ese día y yo rogaba para que no sonara el timbre. Pero sonó. Cuando llegué y el delegado me preguntó de qué categoría era, y se dio cuenta de que me tenía anotado con otra, me puse pálido. Pero después me probaron y quedé. Fue a principios del 71”. Así nació su larga e intensa relación con River.




 
SABELLA EL DOCTOR
            
“En cualquier cena con amigos Alejandro puede acaparar la atención. Habla y todos lo escuchan con atención”, relata su esposa. A Sabella le gusta hablar de lo que sabe; no dice nada que no esté profundamente pensado con anterioridad. Es un tipo informado y preocupado. De joven ya se perfilaba como una persona con inquietudes. También políticas.

            En los 70 Argentina era un país convulsionado políticamente. La política se vivía de manera muy pasional, al punto del extremo. La habitación de Sabella estaba decorada de la siguiente manera: en una pared, cuadros de fútbol; en otra, una foto de Perón; en la mesita de luz, la revista “El descamisado”; en el escritorio, el Tratado de Derecho Civil de Llambías y los diez tomos de Historia Argentina de José María Rosa. Típica pieza de un estudiante de Abogacía, como él. (Podría haber seguido Medicina, su verdadera vocación, pero el sistema de estudio y cursadas eran incompatibles con el fútbol.)

            Hizo dos años en la UBA. Así como en su adolescencia había escogido el club que le quedaba a un micro de distancia, en ese entonces eligió el camino más llano. Luego se arrepentiría. Su padre festejó la elección. No porque no quisiera una carrera profesional, justo él que era ingeniero, sino porque estaba preocupado por la vida de su hijo. Tiempo después Jorge le confesaría a Alejandro que una vez que hubo abandonado la casa paterna, quemó todas sus revistas políticas para borrar cualquier elemento que pudiera poner en riesgo a su hijo.

            Las cenas en la familia Sabella eran de tolerante discusión. Jorge era demócrata progresista y antiperonista; Alejandro era peronista, aunque no tenía actuación. Pero si hubiera ido a la Plaza de Mayo aquel 11 de marzo en el que Perón llamó “imberbes” a los Montoneros, se habría ido junto con ellos.


            Sabella tiene profundas convicciones, no sólo políticas. Humanas. No se considera un porteño, si por esto se define al argentino que cree en la superioridad cultural y moral que da la geografía. Más, Sabella detesta ese pensamiento. Tan contrario es a él que difícilmente lo diga, simplemente porque decirlo implicaría presumir de un pensamiento mejor y no distinto. Pero en los hechos se comporta consecuentemente con su manera de pensar.

            Sabella es sensatez y sentimiento. No incluyó a estos atributos en su manual para directores técnicos, pero los aplica. Desde su llegada a Estudiantes ha demostrado tener la sensatez para que un gran plantel se transformara en un gran equipo, y el sentimiento para mostrarse sumamente agradecido con el club que lo reconoció como jugador y el que le dio un empujón para debutar como entrenador (además de la gloria, claro).

            El sentimiento también es el contenido de sus charlas técnicas. “Lo juro: se me ponía la piel de gallina”, admite un jugador sobre los mensajes del técnico en la Copa. Para Sabella son un examen. “Pienso: faltan tres horas para dar la charla, faltan dos horas… Y cuanto más cerca estoy, más nervioso me pongo. Lo que me preocupa es la manera de motivar al jugador y no ser reiterativo. Y en Estudiantes quiero transmitir el mensaje de sentimiento y pertenencia”.

             Está ansioso por su debut. Imagina que la gente lo recibirá con calidez. Pero  no, el público celebra la entrada del equipo y la recepción hacia él es fría (desconfiada). Sin embargo, observa que unos chicos levantan un cartel que le da la bienvenida. Le alcanza… Pasaron apenas unos meses y su equipo acaba de salir campeón de América. Aun así, siente que tiene una cuenta pendiente. Averigua unos datos y se decide: toca la puerta de una casa y les pregunta a unos chicos si pueden sacarse una foto con él. En la habitación los chicos guardan el póster del tetracampeón y el cartel que dice: “Bienvenido Sabella”.