Choque esos cinco

El del Apertura 2010 fue el mejor título en rendimiento de los cinco que Estudiantes tiene en AFA. Le ganó a los cinco más importantes, el clásico y batió récords de todo tipo. Este campeón hizo honor al Club. Y merece el lugar por siempre entre los elegidos.

12/12/2016 01:01 Tapas
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“(…) Quiero que note también, mi amor por la verdad, ella que me lleva a incursionar por una senda que desconozco, pero que estoy convencido que el ejemplo de aquel grupo de hombres puede ser útil, y aspiro a que no quede en el olvido”.

La cita es recurrente, vigente hoy más que nunca, y podría amalgamarse perfectamente a estos días, aunque el entrañable doctor Roberto Marelli la escribió en la contratapa de su libro “Estudiantes de La Plata. Campeón Intercontinental. Cómo y Por Qué” en la década del ’70. Hacía referencia, obviamente, a los trotamundos de Zubeldía, pero nótese con qué notable horma se ajusta a los zapatos de 2010. La búsqueda de la verdad, o el camino que comienza con la duda y ancla en la certeza, es precisamente a lo que aspiraba el siempre presente Marelli. Y, quizás sin proponérselo, es al puerto al que arribó Sabella con sus muchachos en este campeón de colección en el fin de la década.

Es verdad, Estudiantes fue un campeón hecho y derecho; líder de principio a fin (si se ubica en su lugar a la cuarta fecha, el clásico postergado); con el arco menos vencido, la victoria ante los cinco denominados grandes y el rosario consecutivo de triunfos en Quilmes. Nadie hizo tanto como Estudiantes. Nadie. Por eso fue el campeón. Ahora bien, el amor por la verdad no puede ceñirse solamente a dichos datos que brotan a flor de labios de cualquier pincha de pura cepa.

Este equipo de Don Alejandro fue mucho más que eso. Mucho. No fue obra de la casualidad, fue obra de la elaboración, el raciocinio, la coherencia, el equilibrio, la solidaridad, el altruismo y el profesionalismo, entre otras virtudes que surgen palmariamente Se sabe, Estudiantes fue también el mejor de la temporada (85 puntos) y el mejor de su tiempo, de este lustro 2005-2010. Objetivamente, lo fue.

Entonces, acá no hay cosas casuales, más allá de algún que otro gol de chiripa. Hay análisis sesgados y otros que lucen como errados, sobre este virtuoso campeón. Si la vara del fútbol argentino es Estudiantes, éste goza de muy buena salud. Si la vara, utilizada por la mayoría del unitarismo periodístico que reside en la Ciudad de Buenos Aires, son los denominados grandes, Estudiantes es la excepción. Y absolutamente ajeno a ello. Si la otra vara es el presente de la Selección Nacional, Sabella y sus muchachos no tienen nada que ver. Para que quede claro con el vigor de los números: acá no está el “mejor de los malos”, está el mejor de todos. Y el que llegó a ser el mejor de América.

Marelli mencionó “el ejemplo”. Y este equipo de Pachorra lo es. Es un norte, una aspiración, un horizonte anhelado por las otras 19 instituciones del fútbol nuestro de cada día.


EL CAMINO A LA VERDAD

Pachorra eligió bien a Mercado para hacer el doble juego de cerrar atrás y dañar adelante por el flanco derecho; de hecho terminó como una de las figuras del campeón. Sabella también cambió a tiempo, y bien, cuando vio que era más conveniente defender con 3 o 5, según la ocasión, y eliminar la línea de cuatro que utilizó hasta el partido con Quilmes.

Quizás dicha conveniencia estuvo urgida por la necesidad, ante la lesión de Mercado (en un hombro, en el debut ante Newell’s) y las convincentes actuaciones de Fede Fernández y Marcos Rojo en las finales con la Liga de Quito por la suspensión del Chavo Desábato.

¿Quién creía en Estudiantes a esta altura del partido, sin nueve de área y bajas sensibles con relación al último plantel? Sabella y compañía, fundamentalmente. Máxime si se tiene en cuenta el tempranero Waterloo, con la increíble final perdida por la Recopa y el traspié en Floresta ante All Boys. Casi nadie apostaba por este equipo; pero ellos sí.

La victoria 1 a 0 ante Boca en Quilmes, con aquel zurdazo al ángulo de Rojo, fue una de las primeras bisagras del torneo. Fue ese volver a creer.

Orión; Mercado, Desábato, Ré; Braña, Verón, Matías Sánchez, Peñalba; Fernández, Leandro González y López, es un equipo entero de lesionados. Todos ellos fueron baja en algún tramo del torneo, además de los golpeados Rojo y Benítez. Se sabe: el Chapu jugó con un dedo al borde del estallido en la finalísima con Vélez en Liniers, sin Verón en cancha. No son datos para soslayar.

Sigamos. Partidazo en el Gasómetro, con uno de los mejores primeros tiempos del torneo. Gata excepcional con gol de papifútbol, y una victoria clave ante el Falcon de Ramón que estaba prendido (y que luego no llegaría ni a Fitito). Junto con el de Boca, esa fue la perfomance más destacada en la primera parte del torneo. El cerrojo que impuso Pachorra en Liniers fue Independiente 14 2 8 8 13 25 también de colección. Salió a empatar y empató. Hizo negoción y mantuvo la diferencia ante el esplendoroso Vélez de Gareca, que esa noche defendió siempre con cuatro ante uno que atacaba del León (Gata, de gran partido). ¿Recuerda las críticas en aquel entonces? Esos dos puntos, a la postre, le permitieron ser campeón.

La primavera se interrumpió en Victoria, ese sábado a la noche de injusta derrota con un flojito Taborda en el arco. De ahí en adelante, hizo lo que debía hacer: ganó todo. Aquí y allá, en Avellaneda y en el Monumental, con el catedrático 4-0 sin Verón ni Enzo en cancha. Es decir, en el sprint cuando las piernas más les tiemblan a casi todos: el León de Sabella obtuvo 15 puntos de 15.

Aquí nomás se podría terminar la crónica. Pero es justamente donde empieza el campeón. Este equipo maravilloso de la undécima estrella, con ese imán del Rorro López jugando apenas 120 minutos y marcando los dos goles decisivos; o con el mejor jugador del país hoy día: Rodrigo Braña.

¿Qué más hace falta para que Estudiantes sea considerado un grande? Tiene más títulos que Racing (10, con tres internacionales) y uno menos que San Lorenzo (12, 10 de ellos locales). Es el mejor equipo argentino en efectividad de puntos obtenidos en la historia de la Libertadores, el tercero más ganador después de Boca e Independiente, el único que dio la vuelta olímpica en Inglaterra, y siguen las firmas…

No hay nada, ni nadie que pueda justificar con cierta razón, lógica y argumentos de fuste que San Lorenzo,por caso, hizo más que Estudiantes. La institución de Boedo, por la consideración porteñista y egocentrista del fútbol actual, ocupa un lugar que le corresponde de pleno derecho a Estudiantes. Los números, claramente, así lo demuestran.



EL LABORATORIO

“¡Laboratorio! ¡Alquimistas! ¡Las fórmulas! ¡Qué absurdos son a veces ciertos rótulos!”, cuestionaba desde su pluma sin par el genial de Osvaldo Ardizzone en El Gráfico en los días gloriosos de Zubeldía. No le gustaba, como a muchos, la evolución al fútbol-ciencia. O al fútbol más pensado, más elaborado, maximizando hasta fronteras insospechadas las limitaciones, o convirtiendo las carencias en virtudes, el juego en una conjunción de voluntades no en un racimo de individualidades.

Todo esto, como allá Don Osvaldo, hizo Don Alejandro en estos días. Superó las lesiones con genio, astucia y trabajo; reemplazó la falta de un 9 con un juego armonioso, sólido y a su vez punzante (segundo equipo más goleador del torneo, con 15 goleadores distintos), y cinceló un campeón menos lustroso que la formación del primer semestre, pero con la argucia, el oficio, el hambre y la mística que siempre fueron patrimonio de la Institución. Al pasar: este fue el torneo con mayor efectividad (78,9%) de los cinco títulos que tiene de AFA.

Hoy la inmediatez ciega el futuro, pero indudablemente, como aspiró Marelli, este grupo de hombres jamás quedará en el olvido. Y, por siempre, será un ejemplo. Un campeón de verdad. Porque, incluso con dicha mácula, luego Ardizzone reconocería: “!Ah, antes de concluir. Aún admitiendo aquel absurdo del laboratorio, ¡qué bien jugaba aquel Estudiantes!”.

Hoy, quizás, hubiese escrito lo mismo.