La lección de Alejandro

Sabella fue el artesano indispensable y por momentos incomprendido del equipo campeón. Creyó en un sistema pese a las dudas de muchos. Pero Pachorra no se jactó de ello. El es un motivo de orgullo para Estudiantes.

12/12/2016 01:32 Noticias
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La humildad es una virtud extraña que tienen algunos exitosos. Y Alejandro Sabella la tiene. Es sabio pero, paradójicamente, no lo sabe. Es tan sencillo que en un mundo tan retorcido como el del fútbol, parece complejo. Sabella es justo, aunque a veces peca de injusto al no hacerse escuchar. Rompe con toda la lógica del ego: es egoísta consigo mismo.

 

El fútbol suele cometer muchas injusticias pero algunos tiros salen para el lado contrario. Esto es lo que ha pasado con Estudiantes en general y con Sabella en particular durante este año. El primer semestre de 2010 mostró a un equipo lujoso y ambicioso que pretendió la gloria local e internacional, pero injustamente se quedó con nada en las manos. Y fue en esa ocasión cuando se escucharon las primeras voces cuestionadoras sobre la capacidad del entrenador, incluso (aunque por lo bajo) desde un sector muy importante del gobierno del Club.

 

El receso de invierno fue el período más traumático que les tocó afrontar a Sabella y los dirigentes. Ante la sangría de jerarquía del plantel, el técnico pidió refuerzos idóneos para mantener un equipo pretencioso, y sujetó su continuidad no estrictamente a ello sino a la actitud que tuvieran los directivos en procura de esos jugadores; el esfuerzo debía ser sincero. La rápida y negada transferencia de Christian Cellay y la más rápida aún deserción en la negociación por Ernesto Farías fueron dos elementos que le hicieron dudar al técnico en cuanto a su continuidad. Y cuando la firma de Rodrigo López debía servir para despejar esas dudas, a los pocos días tuvo el efecto contrario y las alimentó: no le habían dicho que el proceso de recuperación le demandaría al uruguayo un tiempo incierto.

 

La renovación contractual se demoró. Este hecho agitó el ambiente dentro de la Comisión Directiva. A tal punto que un muy alto dirigente, cansado de las dilaciones del entrenador, una mañana fue al Country con un objetivo claro: darle un ultimátum a Sabella y que, si no firmaba, al día siguiente no se presentara a trabajar. Este directivo no llegó a comunicarle su decisión porque, en ese mismo instante, Pachorra estaba dentro de la concentración con otras dos autoridades del gobierno estampando la firma en el contrato. 

 

Sabella nunca reconoció que dudó seriamente en continuar. Más, en ese momento de dudas tampoco le informó a su familia que había rechazado una oferta millonaria en dólares para dirigir en Arabia, pues sabía que su círculo íntimo pretendería convencerlo. Dudó en seguir porque no advertía (equivocado o no) el esfuerzo del gobierno del Club para rearmar el plantel tal como quería. Pero tras la firma (que no contemplaba un aumento para él sino solamente para sus compañeros) ya no hubo espacio para dudar, sólo para trabajar y poner en marcha un laboratorio que sería tan exitoso. Al fin y al cabo, como le gusta predicar, veía el medio vaso lleno: era cierto que el gobierno del Club se había equivocado acerca de la suerte de López, pero tan cierto como que la estructura de Estudiantes (el resto del plantel, las comodidades, las facilidades) también eran un mérito de la conducción.

 

¿Cómo disimular la ausencia del nueve? Esa era la cuestión. “Tenía el sistema. Tenía dudas, pero no muchas. Ya en el primer partido con Newell’s, cuando Rojo entra a jugar de lateral por izquierda, cuando se efectuó el cambio, ganamos. Le dio el pase a Leandro González, que Cichero hizo la mano. Después Rojo mismo tuvo un mano a mano. Y Mercado tuvo otro, cuando se lesionó el hombro. Era algo que estaba creciendo”, recuerda el DT. 

 

Y la idea se consolidó con el correr de los partidos: “Lo que nosotros necesitábamos era, ante la falta de un nueve, tenerlo a Enzo Pérez más liberado para jugar. Hasta que se adaptaran los nuevos, lo necesitábamos ahí. Eso fue lo que más me decidió. Había que tener un balance entre la defensa y el ataque, mantener a Verón y a Braña en el medio, que no fueran mucho a los costados. Después, la Gata hizo un campeonato extraordinario y ahí ya fue diferente”.

 

Sinceramente: lo que ahora suena fácil, habitual y exitoso, en su momento fue duro de asimilar. El sistema sin un nueve de área traía sus dudas y sus efectos colaterales. Por caso, los mismos jugadores reclamaban públicamente que la suerte cambiara y que llegara un nueve porque ello era lo que podría hacer descansar al resto del equipo. Sabella y su cuerpo técnico se mantuvieron en sus trece. Solos en su idea.

Aun a riesgo de pifiarle, como el mismo entrenador confiesa: “Uno a veces va mirando a mediano plazo y tal vez en algunos partidos lo tendría que haber hecho jugar más a Rodrigo López o ver en algunos partidos a Rodrigo con la Gata, algo que me faltó. Por eso, como sabía que no lo había hecho, que estaba en deuda con eso, por lo menos lo hice en un entrenamiento. Pensé: ‘Si me equivoqué en un partido, que por lo menos esté visto en una práctica, que no es lo mismo, pero algo es’… Y así se dio”.

 

Y así llegó Alejandro manejando el rastrojero con la última gota de gasoil. Y la falta de combustible lo obligó a pensar nuevamente, a aplicar en la práctica una idea que no predica, pero como se trataba de un momento límite…: “El cambio de Rodrigo por Sebastián fue porque yo pensaba que el campeonato tenía que terminar sí o sí ese día. Para bien o para mal. Lo habíamos charlado con Julián (Camino) y Claudio (Gugnali); qué pasaba si sucedía tal o cual cosa. Si fuera por mi idea, habría dicho: ‘Vamos al partido desempate con Vélez’. En primera instancia, en abstracto, pensé así. Pero después dije que no, que tenía que ser a matar o morir. Que si a los 20 del segundo tiempo nosotros vamos empatando y Vélez ganando, debía ser a matar o morir. Y si a eso le sumamos que Braña no iba a jugar ese desempate porque estaba suspendido, y Verón casi seguro que tampoco, más todavía. Con otro detalle: por

más grande que fuera este equipo, por más que se haya levantado de las situaciones más adversas, hubiese sido el lunes de Vélez muy diferente al de Estudiantes. Y si bien este equipo ha resurgido tantas veces, hubiese sido muy difícil”.

 

Sabella no tiene necesidad de ser tan sincero, y aun así lo es. ¿Qué necesidad tiene de admitir que aunque todo el mundo piense una cosa, él va a morir con la suya (excepto casos extremos)? 

De lo que Sabella tiene necesidad es de ser fiel a sí mismo, de no traicionarse. Por eso es que no se lo ve agitar la bandera de su triunfo, ni hacer reclamos (ahora extemporáneos); por eso los méritos los adjudica a sus jugadores, a quienes pide aplaudir de pie. Sabella obliga a los hinchas a sentir más orgullo por Estudiantes. Y sin pretenderlo, obliga a Estudiantes a sentir orgullo de Sabella.

* Texto publicado en la edición impresa de Animals! Nº 51, especial Apertura 2010.