De cabeza a la gloria

El gol de Alayes ante Arsenal fue tan clave para el título del 2006 como el de Brown a Vélez para la conquista del Metro 82. Un repaso por dos de los goles más gritados.

13/12/2016 09:03 Noticias

 

El gol del Flaco. O el gol del Tata. No es una elección. Es una definición. No hace falta más para saber a qué gritos se refieren. A dos gritos que marcaron dos de los cinco títulos locales que tiene Estudiantes. Y que justo nacieron de la cabeza de dos jugadores nacidos en el Club.

 

"Fue el gol que más grité en mi vida", dice Alayes sobre ese cabezazo agónico ante Arsenal, para forzar la final ante Boca. Y le da pie al inicio de la nota.

—Tata, ¿el gol de Agustín te hizo acordar al tuyo?

—Brown: Al comienzo, no me di cuenta. Pero después, cuando me puse a pensar, dije: mirá vos qué coincidencia. Otro gol decisivo, de cabeza, de un defensor, en el mismo tiempo de partido (minuto 41 del segundo tiempo). Ahí sí ves como el fútbol genera estas casualidades. 

—Alayes: El gol de él no lo pude ver en la cancha porque era muy chico, pero sabía la trascendencia que tuvo. El mío, con este final feliz, no sé si se lo puede comparar, pero fue tan importante como el del Tata.

—B: Claro que sí, Flaco, porque es la chance que esperaban. Nosotros, me acuerdo, veníamos sumando adrenalina porque ese partido con Vélez se suspendió y se reanudó después de un mes. Encima, Independiente había ganado y nos llevaba un punto. Por eso, el estadio explotó.

 

 

El reloj se pasa apenas dos minutos de la siete de la tarde cuando Alayes llega al estadio de 1 y 57. "Ey, Flaco, qué pasó. Un jugador de Estudiantes tiene que ser puntual", recibe el excesivo reto, un don seguramente heredado de varios años con el Narigón Bilardo. "Pero son la siete y dos, nada más. Aparte, este reloj anda mal", se defiende Agustín, con una sonrisa, ante la chicana del Tata. Lo que sigue es un abrazo paternal: "Felicitaciones, campeón", le dice José Luis Brown, que vaya si sabe de esto. No debe haber mejor premio para un jugador-hincha de Estudiantes que un referente del 82-83 lo salude así. Al Flaco le llegan las palabras, aunque no quiere emocionarse más. "Parezco un viejo llorón. Aparezco en todos lados llorando", dice. "Cómo no vas a llorar. Vos naciste acá, ¿sabés lo que vale eso? Ver a chicos que llegaron de bebé al club y que ahora son campeones hasta a mí me emociona. Yo lo viví igual", lo calma el viejo líder.

Afuera, los autos que van por la Avenida 1 tocan bocina. En realidad, tocan porque pasan por la cancha, su templo mítico, como una reverencia al nuevo campeón. Nadie se imagina que dentro de ese estadio que está a punto de ser remodelado, están ellos, el Flaco y el Tata, dos hijos de la casa, dos defensores que quedarán en la historia porque sus goles fueron casi los del campeonato. El de Brown a Vélez, por el Metro 82, dejó al Estudiantes de Bilardo en la puerta de ese título, que consiguió al ganarle a Talleres en la última fecha. El de Alayes a Arsenal le permitió al Estudiantes de Simeone abrir el camino a una final con Boca y dar la ansiada vuelta. 


—El Flaco estalló en llanto cuando la metió, ¿a vos qué te pasó, Tata?

—B: Me marcaba Larraquy. Le amagué a ir al segundo palo y veo que me pierde. Y dije: ''fuiste''. Cuando pegué el frentazo, vine a gritarlo enloquecido a este lado (señala el sector de la cancha), como Agustín.

—A: En mi caso, yo sentía que era un premio al esfuerzo por haber luchado siempre desde atrás. Le veníamos dando un mensaje optimista a la gente y tener esa posibilidad en la mano y que se me haya dado a mí… Era imposible no emocionarse. 

—B: Ni hablar. Yo no voy a decir que el Chapu, Ortiz o Andújar no lo hayan vivido con intensidad este título, pero verlo a Agustín llorando fue muy especial. Cuando nosotros dimos la vuelta en Córdoba, Sabella estaba súper feliz, Trobbiani también, Gottardi lo mismo, pero lo que sentíamos nosotros, los hijos de Estudiantes, era distinto.

 

La charla, en la vieja platea techada de 115, es muy cordial. Hasta da pie para que el Tata se largue a contar una anécdota cuando mira las cabinas de transmisión. "Una vez, contra Instituto, tuve un partido para el olvido. Primero erré un penal increíble: le pegué fuerte, el arquero se quedó parado y la sacó. Me quedó el rebote para la cabeza, le di y pegó en el travesaño. Después, fui a cruzar acá al costado, la reventé y no va que rompí el vidrio de aquella cabina (la última hacia la calle 55). Y para terminarla, me echaron por pegar una patada. Completita". Agustín tira el "noooo" típico de quien disfruta el relato. 

—Otra cosa en común es que son defensores con gol. El Tata fue el goleador del título del Nacional 83 (con siete) y Agustín, en éste, marcó cinco, ¿cuánto vale?

—B: Dale vos, goleador…

—A: Ja, ja. Es bueno, significa que el equipo tuvo recursos. Más allá del lugar que uno ocupe, tiene que ir confiado a buscar el gol. Hoy, en este fútbol, la pelota parada es determinante, abre partidos. Y pudimos marcar diferencia por ahí.

—B: En mi época era más normal ver que los defensores hicieran goles. Había cada nene para cabecear: Passarella, Ruggeri, Bauza... En mi caso hasta tengo el orgullo de haber sido el defensor que más goles hizo en la historia de Estudiantes. Ojo, también marqué muchos de penal.

—¿Y creés que Alayes va en ese camino?

—B: Ojalá me pase. Lo digo de corazón. Porque eso va a dar la pauta de que las cosas siguen bien. Además, lo de los chicos del club lo siento como propio. Yo vivía en la pensión que está acá atrás y todas las tardes me sentaba en la tribuna, miraba el arco, el túnel y pensaba: ''¿Cuándo llegará el día que yo salga por ahí?''. Y la vida me premió con eso. Y con ser campeón. Por eso, lo que me pasó a mí y lo que está viviendo Agustín no se paga con nada del mundo…