"El mejor partido fue contra Argentinos"

Simeone y la gloria del 2006: ese 2 a 2 con el Bicho, lo que le dijo Alayes en el entretiempo con Boca, lo que sintió dirigiendo a Estudiantes y lo que aprendió del Club. Imperdible.

14/12/2016 10:13 Noticias
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--¿Qué lo hacía distinto a aquel equipo de 2006?

--La cabeza. Tenía una cabeza que desde el arranque se veía que algo estaba gestándose. En el primer entrenamiento me sorprendí: vi un equipo que estaba organizado. Tuve la suerte de haber llegado en un momento de crecimiento del equipo y del Club, después de haber hecho temporadas buenas con Mostaza y Burruchaga. Noté rápidamente que había una base de ideas claras.

--¿Por qué no creer que ese éxito en el Apertura fue producto de una simple racha, que de hecho existió?

--Porque las cosas se van gestando. Y en aquel caso, había comenzado a gestarse con el trabajo previo que se había hecho con una camada de jugadores, que fueron saliendo y teniendo experiencia. Y fueron importantes las personalidades que había dentro del vestuario, como Sebastián, el Flaco Alayes, el Tano Ortiz, Calderón… Tipos con una personalidad muy definida. La llegada de Andújar potenció un lugar que cuando sacamos a Martín Herrera, parecía que se trataba de un cambio extraño por la historia que había tenido Martín en Estudiantes. Pero yo lo había visto a Andújar y estaba convencido de que era “el” arquero.

--¿Y qué momento o momentos fue o fueron clave?

--Tuvimos un buen arranque, quizás sin buen juego; no éramos continuos, teníamos ráfagas. El partido contra Independiente hizo un quiebre. A partir de ahí, posicionalmente cambiamos; veníamos jugando con Sosa a la izquierda y Galván a la derecha. Al invertirlos le dimos más vuelo; Galván era más profundo llegando, y José, jugando. El equipo comenzó a sentirse cada día más importante.

--¿El mejor partido fue el 7 a 0?

--Para mí, contra Argentinos. Seguro. El segundo tiempo fue admirable, emocionante. Lo digo y se me pone la piel de gallina.

-A pesar del resultado.

-Sí. Me acuerdo que cuando terminó el partido vino el técnico de ellos, Domenech, y nos felicitó. Fue un vendaval de ataque; por derecha, por izquierda, media distancia… Terminamos jugando con Braña, Alayes, Ortiz y Galván; en el medio Verón y Benítez; después Sosa, los dos delanteros y Piatti. Fue una noche dura, porque el equipo había dado una muestra de seguridad, de rebeldía y de poder que no había tenido el premio suficiente.

--¿Cómo la pasaron esa noche?
--No dormimos en toda la noche. Al otro día los juntamos a todos y les dijimos que, al inicio del campeonato, hubiéramos pagado por estar en esa situación, a tres puntos del puntero y a una fecha del final. Y que si en lugar de ser Argentinos el que había empatado sobre la hora, hubiéramos sido nosotros, estaríamos felices de tener una chance más. Se vive de lo que hay, y lo que había me decía que todavía se podía.

--¿La voracidad que tenía el equipo en el clásico tenía origen en los jugadores o se la imprimiste vos?

--El equipo siempre tuvo ese ADN de ataque. Hicimos muchos goles en ese torneo. Esa voracidad ofensiva la hacían mucho más eficiente dos jugadores que eran la cabeza del equipo: Sebastián y Calderón. Caldera nos permitía ser ofensivos, más allá de que quizás no tenía ya la cantidad de goles de otra etapa de su carrera, pero conservaba el talento de su cabeza intacto; y Sebastián potenciaba a todo el equipo.

--Tampoco se vio a un Pavone como en aquellos tiempos.

--Es que Mariano había hecho una gran pretemporada. Cuando armás los grupos de trabajo, en la pretemporada, siempre armás un grupo uno, dos y tres… Bueno, él superaba al grupo uno; no entraba en ninguno, formaba su propio grupo. Era una cosa de locos. Estaba como endemoniado. Cuando los delanteros están en un buen presente, aparecen. Favorecidos, además, por un montón de jugadores que los favorecían.

--Al principio el esquema era bastante rígido. Luego fue más flexible. ¿Qué te hizo cambiar?

--Cuando llegamos a un equipo, arrancamos con una estructura. Y los pasos son lentos pero progresivos. Primero hay que conseguir el equilibrio, adquiriendo una estructura defensiva. Y a partir de que se consigue esto, empezás a soltar al equipo. Pero siempre desde la seguridad. 

--¿Y viste esa seguridad?

--Sí, advertí que ya habíamos adquirido esa seguridad. Además, cuando nosotros llegamos, vimos que Estudiantes había recibido un montón de goles. Hablé con los chicos y les dije que había que bajar la cantidad de goles en contra, porque el equipo había terminado con 25 goles a favor, una buena suma, pero 31 en contra.

--¿Huerta termina de salir con la lesión?

--Sí, pero el Chapu ya era el titular al lado de Sebastián. Nosotros entendimos que Sebastián necesitaba un jugador que, aparte de recuperar, le diera juego. Y fue así.

--En su momento había dos versiones: una, que si no le ganabas a Independiente, te ibas; la otra, que la noche anterior te habían ofrecido renovar.

--Ninguna es cierta. Sí escuché, pero después, que estaba complicado si no le ganábamos a Independiente. Pero yo estaba muy convencido de lo que hacíamos. Sabía que el equipo iba a aparecer. Me acuerdo que cuando volvimos de Rosario, agarré la lista de todos los jugadores que teníamos, y repasé uno por uno a ver dónde podían jugar. Quería encontrarle una vuelta.

--¿Y qué encontraste en ese repaso jugador por jugador?

--Ahí fue cuando pusimos a Sosa a la derecha y Galván a la izquierda. Yo veía que Galván tenía mal centro y que José se quedaba sin gol. Y dije, puta, cambiemos: que vaya Sosa a la derecha, que tiene buen centro, y Diego adentro que tiene mejor llegada. Fue un cambio no menor para liberar al equipo.

--Pero José no se quedaba ahí sino que partía desde ahí.

--Dentro de lo permitido del equipo, tanto él, Sebastián y Calderón eran los que tenían mayor movilidad.

--Sebastián dijo que el gol que más gritó fue el del Flaco Alayes contra Arsenal. ¿Y vos?
--Los dos de la final no los grité porque se trataba de una final y el resultado era cortito. Creo que el que más grité fue el de Piatti. Ese me terminó de demostrar que estaba para más. Siempre fue un equipo emocionante. El grupo mostraba esa voracidad que no se puede explicar. Un entrenador trata de que se vea en el campo lo que uno piensa, y yo en Estudiantes encontré eso; de los equipos que dirigí, en Estudiantes logré que el equipo sintiera lo que yo siento.

--¿Eso tiene que ver con la cabeza o con el compromiso?

--Tiene que ver con el tiempo y con las personalidades. Es muy difícil que se sientan reflejadas las personalidades. Un equipo puede tener grandes jugadores pero quizás no se vean reflejados en las personalidades. 

--En Rosario Estudiantes jugó los dos peores partidos de ese torneo; uno lo jugó sin alma y lo perdió, en el otro puso el alma y lo ganó.

--Jugamos mal, sí. Contra Newell’s, sobre todo el primer tiempo.

--Y debe haber sido el peor partido de Verón en mucho tiempo.

--Pero él no estaba para jugar, tenía una carga muscular. Ese día tampoco estuvo Braña, jugó Benítez. El Chino para mí fue un ejemplo. Cuando vino estaba jodido, mal. Algunos dirigentes querían dejarlo ir, y yo les dije: “¿Ustedes están locos? ¿Cómo van a dejar ir a un tipo que le pega bien a la pelota? En el fútbol argentino no existen jugadores que le peguen bien a la pelota y ustedes quieren dejar ir a uno… Déjenlo que en algún momento nos va a servir”. Y el pibe se entrenó de tal manera que en los momentos clave, apareció.

--Volvamos al partido de Newell’s.

-- Llegamos con dificultades. Y ahí fue cuando el equipo demostró una verdad del fútbol. Hay muchos muchachos que se equivocan y creen que para ganar hay que jugar bien, y esa es la lucha: para ganar no hay que jugar siempre bien, hay veces que ganás porque jugás bien y hay veces que ganás porque hay que ganar. Es simple: cuando hay que ganar, hay que ganar; no hay maneras.

--¿Qué aprendiste de ese campeonato?
--Que se puede, lo que dije después de la final. Cuando uno tiene algo en la cabeza, es muy difícil que te puedan cambiar. Y nosotros creímos que podíamos llegar a ese partido. A su vez, había un grupo y una ciudad mimetizada.

--La gente se había identificado mucho con ese equipo.

-Totalmente. Hubo un momento en que la gente de Estudiantes hizo un click, sintió que se podía salir del quinto puesto, del tercero o de estar ahí. Yo sentí que la gente iba feliz a la cancha, disfrutaba. ¡Disfrutaba hasta de los cambios!

--¿Y qué aprendiste en Estudiantes?

--En Estudiantes se reflejó lo que vine aprendiendo de chico. Obviamente que la escuela mía, debido a la gente que tuve desde muy chico, es la gente de Estudiantes; Bilardo, Pachamé, Madero… Toda gente que te enseña a sentir el fútbol de una manera diferente a la que lo sienten otro tipo de jugadores. Cuando llegué, me encontré en el lugar donde siempre me sentí cómodo, que es el trabajo.





--¿Por qué detalles se ganó la final?

--Te voy a contar una anécdota buenísima. El primer tiempo había sido de ida y vuelta, ellos habían tenido situaciones y nosotros también, desde el juego no habían sido superiores… Lo mejor que hizo Alvarez fue llevarse a Ledesma, je…

--¿Le agradeciste a Pezzotta esa expulsión?
--No, pero los tuve a los dos en el Catania y fue lo primero que le dije a Pablo (Alvarez): “Fue lo mejor que hiciste”. Volviendo al partido, yo veía que Palermo toda la vida se la había peinado al Flaco Alayes, no sé si por timing, altura o no sé qué, el Flaco salta bárbaro pero Martín siempre le había ganado. Entonces veía que la peinaba Palermo y Palacios metía la diagonal, y así siempre. Perdíamos 1 a 0, llegamos al vestuario y ahí enseguida hablamos con Nelson (Vivas).

--¿Qué fue lo primero que te surgió?
 -Le dije: “Hay que ir para adelante, vamos para adelante”. Encima había más espacios porque éramos diez contra diez, entonces,  ¿cómo lo solucionaba? Si jugábamos con línea de cuatro, restábamos gente en el medio y adelante, y nosotros teníamos que sumar gente en el medio, no restar. “Vamos a hacer una cosa –le dije a Nelson-: metamos a Angeleri de líbero, que había jugado unos minutos contra Newell’s, al Flaco Alayes a la derecha, Ortiz a la izquierda”. En el vestuario digo esto: “Muchachos, nos vamos a parar así y así”. Se produce un silencio, que lo quiebra Alayes, que me dice muy sincero: “Cholo, ¿te parece yo a la derecha, contra Palacio?”. Te juro por Dios (se ríe).

--Y vos qué creías?

 -Y… yo sentía lo mismo que sentía el Flaco, pero necesitábamos que Palermo no la peinara más, y si la peinaba y Palacio le ganaba en velocidad al Flaco, lo teníamos a Marcos. ¡Y Palacio ni siquiera lo pasó una vez a Alayes!

--Palacio no había llegado bien a ese partido.

--No me importa. El Flaco la rompió. Además, ¿en el primer tiempo estaba mal Palacio? Si picaba como loco. El del vestuario fue un momento quiebre.

--¿No dijiste ahí mismo, después de lo que dijo Alayes, qué estoy haciendo?

--Aunque yo tuviera dudas, debía demostrar seguridad. Como toda persona tenía inseguridad; el que tiene miedo no es un cagón, está pensando. Yo asumo el miedo pero voy para adelante.

--El equipo estaba atado. ¿Cuándo se soltó?

--La entrada de Benítez mejoró el juego. Ellos se cansaron en el medio porque terminaron jugando 4-3-2 y nosotros éramos uno más. Eso le dio mayor fluidez a Sosa, Braña, Sebastián y Benítez. Y ellos tenían poca marca ahí.

--Hay una imagen que refleja lo atado que estaba el equipo: cuando Galván se va llorando.
--El click fue el Chino. Ya venía haciendo partidos bárbaros. Contra River había hecho un partido extraordinario.

--¿Cómo advertiste que Braña podía bancarse todo?

--Fuimos conociéndolo. Nelson lo conocía desde Quilmes. Pero incluso él fue descubriéndose a sí mismo. Como jugador él perdió mucho tiempo, a mi entender. Si se hubiera entrenado de la manera en la que se entrenó a partir de ahí, habría llegado a la Selección mucho antes. Pero por suerte hizo ese click. La llegada de Sebastián y sentirse bien lo hizo dar cuenta de lo que puede dar. Y se nota que disfruta jugar.

--¿Verón fue el mejor jugador que dirigiste?
--Sí. Entiende todo. Cuando lo tuve de compañero en la Lazio y en Argentina lo criticaban, yo decía que era el mejor mediocampista del mundo. Tuvimos la suerte de que llegó a Estudiantes con hambre. Y Verón con hambre no tiene rival.


* Nota publicada en la edición impresa Nº 61 de la Revista.