Hombres únicos

Yo lo vi jugar. Será la frase que quedará para siempre. A Verón no se lo puede describir sólo por sus colosales dotes futbolísticos. Las obras que perduran a los hombres hacen grandes a éstos o los magnifican mucho más. Y la Bruja está entre esas personas.

26/05/2017 16:35 Opinión
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Albert Einstein no inventó la física, claro que no, pero la comprendió, interpretó, fundó, enseñó y divulgó. Antoine de Saint-Exupéry no creó la aviación, menos la literatura. Pero su nombre es sinónimo de ambas. El barón Pierre de Coubertin no ideó el deporte, pero sí cristalizó los juegos olímpicos modernos junto al principio “lo esencial en la vida no es vencer, sino luchar bien”. Nelson Mandela no creó la lucha del opresor contra el oprimido, pero sí consagró su vida por la inmaculada causa de la libertad-igualdad. Son hombres únicos.

 

A su modo, en su tiempo y en su universo, Juan Sebastián Verón lo es. El hilo conductor de este artículo y su título para ilustrar la nota central de Animals! iba a ser “Yo lo vi jugar”. Lo cual, obvio, es cierto. Pero al momento de enhebrar las últimas líneas saltó a la luz la injusticia más palmaria. No se puede describir la carrera de este hombre (773 Partidos / 17 Títulos / 3 Mundiales / 4 Eliminatorias / 89 goles.) sólo por sus colosales dotes futbolísticos.

Mi viejo me contó de su padre, Juan Ramón, de sus piernas arqueadas, de su carrera chueca y de su indescifrable gambeta. De su dribling de leyenda para ganarle 2-1 al Palmeiras en 1968, o de su cabezazo en Old Trafford para abrazar la gloria eterna. 
Mi abuelo se cansó de transmitirme la rabona del Beto Infante, de su maestría y exquisitez más absoluta para llevar la pelota y definir con diestra, zurda o con el parietal que fuese menester; también de la zurda tremebunda de su compañero de fábula, Don Payo Pelegrina, hasta hoy el máximo artillero de la Institución.

En todas las inolvidables charlas con Zuleik Campañaro, la memoria más prodigiosa del Club, surgió una máxima tan subjetiva como probable: Nolo Ferreira fue el mejor de todos. Organizador, definidor, cerebro y bandera fulgurante de Los Profesores, el noble Manuel de Trenque Lauquen se llevó a la tumba un misterio insondable: era tan pero tan bueno, que jamás quedó en claro si era zurdo o derecho. Le pegaba bien con las dos, y era capaz de hacer un gol olímpico con la izquierda como patear un tiro libre al ángulo con la derecha. 

 

 

Las escasas crónicas en hojas crujientes y resquebrajadas que aún perduran de la época describen los goles de todo tipo que hacía Juan Julio Lamas, romperredes del campeón amateur de 1913; lo que jugaban los hermanos Hirschi o la fiereza del Toro Calandra, años más adelante en esa época naciente del fóbal criollo. 

 

Comprar quién fue mejor o peor es tarea marciana. Además, una hipótesis injusta. Tampoco se trata de eso. Juan Sebastián Verón tiene de todo de todos los antes nombrados: pertenencia, permanencia, identificación, aporte a la Selección (jugó más de 60 con la celeste y blanca) y calidad de juego. A algunos, incluso los supera en cantidad de campeonatos obtenidos y en trascendencia internacional. 

Se sabe y es obvio: Juan Sebastián Verón está entre los mejores que mi viejo, mi abuelo o el gran Zuleik vieron jugar. Tampoco vale la pena ahondar sobre ello. 
Pero el hijo de Juan Ramón, un derecho nacido el 9 de marzo de 1975, menos tímido que su padre y más líder fuera del campo de juego que su progenitor, también debe ser valorado por este último. Es decir, por lo que no hizo en la cancha.

En 1905 eran 19 los jóvenes que se juntaron para fundar un club. Sin ellos, Estudiantes no sería Estudiantes. Ni la Bruja grande había nacido en aquel entonces. Como Einstein no creó la física, ni Saint-Exupéry, la aviación, Verón tampoco a Estudiantes. Pero vaya sin los tres son relevantes en su mundo.

En diciembre de 1907 parte de los fundadores, que además eran jugadores y dirigentes, agarraron la pala para marcar la cancha, y delimitarla en un terreno pantanoso donde antes había un velódromo en 1 y 57. Así inauguraron lo que luego sería un estadio durante la Navidad de ese año. 

Un buen día a Jorge Hirschi, harto de la burocracia y de las peleas intestinas, se le ocurrió que había que agrandar ese predio y contrató a un audaz electricista para planificar durante la noche profunda un operativo que hoy podría parangonarse con la lógica del bidón. Ambos subieron a los cables para cortar el tendido del tranvía, luego tapar las vías con tierra y a otra cosa mariposa. El tranvía no pasó más y Estudiantes se quedó con lo que luego sería la cancha auxiliar.

Mucho más acá en el tiempo, en los albores de los ’50, el gran Pedro Osácar intentó batirse a duelo, cuchillo en mano, para frenar la ignominiosa intervención peronista de aquél tiempo, que terminó con la Institución desguazada y el equipo en el descenso.
Juan Sebastián Verón también es relevante por hechos de esta naturaleza. Volvió a su club cuando podría haber seguido en Europa, resignó plata por gloria deportiva y siguió jugando hasta los 39 años con lesiones y machucones varios de tantas gestas. No hay dinero que pueda comprar esto.

Y es raro este Verón. Mi hija Delfina apenas tiene siete años, disfruta del fútbol como un futbolero del Mundial de Vóley, pero ella sola sacó una foto de la revista para pegarla en su dormitorio. “Hay que ponerla en la pieza, Papi”, me informó. Y ahí quedó, al lado de una tal Violetta y del león de peluche. El día de su despedida me dijo: “Papá, le mandás saludos míos”.

Es increíble, pero existe un magnetismo imposible de desenmarañar en palabras entre Estudiantes-la gente y Verón. Las causan exceden largamente su aporte con los cortos. 

Delfina crece con un Estudiantes ganador, y en medio de una generación de hinchas que no sólo festeja títulos, sino que también goza del invalorable tesoro de poder transmitirle a sus hijos y nietos una máxima que será leyenda: “Yo vi jugar a Verón”. Es que el tiempo agiganta los hechos o los pone en su lugar justo.

Para mí, Nolo Ferreira es Belgrano y Mariano Mangano San Martín. Así me los describieron, así me los contaron, así los pude leer. Seguramente lo mismo sucederá con los hinchas que surjan de ahora en más, que no tendrán el placer inconmensurable de haber visto a Verón. Eso sí, deberán crecer con sus historias, pegadas a El Principito de Antoine Saint-Exúpery.

Las obras que perduran a los hombres hacen grandes a éstos o los magnifican mucho más. Y los transforman en tipos únicos. Irrepetibles, como Juan Sebastián Verón. 
¡Gracias a la vida por haberlo visto jugar!