Fútbol champagne

A 34 años del Nacional 83, por qué jugó ese día con la camiseta blanca, por qué la dirigencia aspiraba sólo a terminar en mitad de tabla y qué los llevó a ganarle la final a uno de los mejores equipos de Independiente de la historia. Crónica de un equipo que desplegó un fútbol de alto vuelo.

10/06/2017 13:18 Noticias
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Cuentan que la noche en la que se consagró campeón Nacional, ese 10 de junio de 1983, en Avellaneda, el equipo utilizó la camiseta blanca porque no tenía dos juegos de la tradicional, a rayas verticales. Y que muchas veces, por los problemas económicos que vivía el Club aun en un momento de éxito deportivo, el plantel debió administrar la ropa de entrenamiento, porque a partir de la reducción de las horas extras de los empleados, la lavandería no daba abasto. Desde esa humildad bien entendida, Estudiantes construyó uno de los mejores equipos de su historia, acaso el más lujoso, el más vistoso, el que al fin de cuentas destruyó cualquier mote malicioso, injusto y (por qué no) envidioso, aquella historia de que el fútbol de laboratorio era contrario al fútbol de galera y bastón. Pues ese equipo hizo de esas dos vertientes, aparentemente opuestas, el equilibrio justo. Y demostró que podían convivir de la mejor forma. Lo logró Bilardo primero. Y lo ratificó Manera después, pasándole lustre y dándole rodaje a ese excepcional mediocampo que el Narigón supo concebir, con tres números 10 (repartidos en distintas funciones), algo que ya no era habitual en esos tiempos. Querían fútbol champagne, pues ahí lo tienen…

Por todo, es necesario volver a la gestación de aquel equipo para entender mejor la conquista, la doble corona. Carlos Denegri, un ex dirigente que por entonces era el nexo entre el plantel y la CD, dijo tras esa eufórica luna de Avellaneda: “Este plantel es demasiado bueno para Estudiantes. No para la tradición deportiva de la Institución, sino para su actual economía. El año pasado, cuando trajimos a Bilardo, nuestras pretensiones eran las de escaparle al peligro del descenso. Nos conformábamos con estar en mitad de tabla. Y sobre esas bases fijamos el presupuesto. Pero de pronto, nos sentimos desbordados porque este plantel subió al tope de la tabla, se clasificó campeón, ahora vuelve a hacerlo y encima está en las semifinales de la Libertadores. Es lógico que los jugadores pretendan ganar de acuerdo a sus merecimientos, pero es algo difícil de afrontar”.

La prueba de esa situación fue la venta de Gottardi, a cambio de 75.000 dólares, después de la primera final. Eso, transferir a uno de sus goleadores previo a una definición como la que se dio ante Independiente, sería políticamente inconcebible en los tiempos de hoy. Estudiantes lo hizo. No le quedaba otra. Sin embargo, así llegó al equipo al bicampeonato. Con algunos atrasos en los pagos, con renovaciones contractuales pendientes y hasta con una producción del equipo, esa noche en cancha de Independiente, que estuvo lejos de la demostración futbolística de la primera final y cerca de una de las peores producciones del torneo. Pero el equipo demostró su espíritu ganador, su firmeza, su concepción de grupo, su personalidad, su orgullo, su alma y su mística. Con eso le alcanzó para codearse otra vez con la gloria.

Ese Estudiantes, el campeón del fútbol argentino tras consagrarse en el Metro 82, no arrancó de la mejor manera su campaña en el torneo Nacional: debutó con un empate ante Unión y siguió con una derrota ante Racing de Córdoba. Pero luego, encarriló la clasificación en la primera fase de grupos con tres victorias al hilo, y doce goles en tres partidos. En esa primera etapa participaban 32 equipos, 19 del torneo regular de Primera División y 13 de las ligas del Interior, divididos en ocho zonas de cuatro. A la segunda fase se clasificaban los tres primeros, es decir, 24 equipos.

Ahí, el equipo de Manera tuvo una particularidad: cayó en los dos partidos ante Vélez, de local y de visitante, pero ganó todos los demás: de ida y vuelta, a Chicago y a Instituto. Así llegó a los octavos de final y, en el mano a mano, ya no dejó dudas de su poderío. Se sacó de encima a Ferro, uno de los rivales de punta en esa época y al que luego eliminó en la Copa Libertadores de ese año; eliminó a Racing en cuartos, una vez más, por diferencia de gol (3-1 y 1-2) y llegó a la semi ante un Temperley que lo sorprendió en el primer partido, en La Plata: fue un 1-1 que parecía poner en duda la clasificación a la final ante Independiente. Sin embargo, en la revancha, Estudiantes mostró su chapa de campeón y le ganó 3-1 con goles de Brown (máximo goleador con siete, cuatro de penal), Gottardi (segundo goleador del equipo con seis) y Trobbiani.

La final consagró a Estudiantes como el mejor equipo del momento ante el mejor rival posible, Independiente, con el que ya había peleado cabeza a cabeza el Metro 82. El Rojo demostró al torneo siguiente (ganó el Metro 83) todo su poderío, que lo llevó a ser campeón de América y del mundo en el 84. De ahí la talla del rival que catapultó a ese equipo bicampeón a ser uno de los mejores de la década del 80 y a ser el buque insignia de Bilardo para la gloria de México 86.