Rey de América

Se cumplen 8 años de la obtención de la última Copa Libertadores. El equipo de Sabella le ganó a Cruzeiro en el viejo Mineirao y escribió una de las páginas más gloriosas de la historia del Club. Verón fue emblema, capitán e ídolo. La Gata y Boselli, los goleadores de una noche inolvidable. Sabella, el cerebro y el gestor de la conquista. Los festejos, la caravana y el momento cúspide de una campaña impensada unos meses atrás.

15/07/2017 09:37 Noticias
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El clima triunfal de Belo Horizonte en las horas previas a la final de la edición 50 (histórica, por cierto) de la Copa Libertadores de América se palpaba en el aire. Era cuestión de caminar por la calle para darse cuenta de que Cruzeiro se sentía campeón. Sus hinchas, sus jugadores, su entrenador y hasta su presidente. La ciudad amaneció esperando una fiesta de azul que tendría su momento culmine allá por las 12 de la noche cuando el equipo cumpla con el trámite de vencer a Estudiantes, equipo argentino al que ya le había robado un empate en la ida. Todos confiaban en eso. Incluidos los hinchas de Atlético Mineiro, que poca fe tenían en el equipo de Sabella.

Aquella marea de hinchas que desbordó el mítico Magalhaes Pinto infló el pecho tras el 1 a 0 a favor y jamás imaginó un final semejante. Tal vez alguno algo presagió, porque Estudiantes había jugado un gran primer tiempo al que sólo le faltó el gol, pero nunca imaginaron la derrota. Morder el polvo de la decepción aquella noche no estaba en sus planes. Pero sucedió. Empezaron a mirarse incrédulos cunado Verón metió un pase maradoniano (o veronezco) para que Cellay corra con el famoso corcho en la media para prevenir calambres y meta el centro para que las ganas de ganar de Boselli y La Gata se lleven puesto lo que hubiese adelante. Así, Gastón Fernández decretó el empate para sentir que la gesta era posible.

 

 

 

Es muy difícil describir lo que sucedió después. Porque Estudiantes jugó a lo campeón, es cierto, pero la influencia anímica de ese gol significó la Copa. De la mano de Verón, el equipo fue a ganar el partido Silenció el estadio con su juego. Con sus pases, con la sabiduría de encontrar los momentos. Con la seguridad de Andújar y los cuatro centrales como sus fieles laderos. Con la entrega de Braña y la calidad del Chino y Enzo. Con el olfato goleador de la Gata y con el oportunismo de Boselli. Todos ellos guiados por un director de orquesta de otro planeta: Juan Sebastián Verón.

Así fue como el segundo gol no sorprendió a ninguno de los que miraban el partido con ojo analítico. Había un equipo, Estudiantes, que quería ganar y ser campeón. Y otro, Cruzeiro, paralizado por la situación, totalmente inesperada. Faltaban poco más de 15 cuando vino el centro de La Bruja desde la derecha y la cabeza de Mauro le dio al resultado un reflejo de lo que sucedía en el campo.

 

De ahí en más el partido casi no se miró con atención. Se vio. Se recuerdan imágenes borrosas. Lo único que se recuerda con claridad es cómo 20 minutos pueden durar casi días. El reloj se hizo de arena y hubo que aguantar. Varios hinchas, e incluso algunos colaboradores, se enteraron después del remate de Henriques en el travesaño. El pitazo final encontró a Verón abrazándose con Matías Sánchez y llorando a moco tendido. Los jugadores, autores de una de la gesta más importantes de la historia del Club, se buscaban entre sí para abrazarse, llorar reír y disfrutar de ese momento. Su momento. El del festejo dentro de la cancha, con vuelta olímpica incluida y el eterno recuerdo al Ruso Prátola.


El vestuario fue un descontrol. Entro quién tuviese un amigo o conocido y hasta el propio Bilardo no podía creer la gente que había. En la sala de masajes reposaba la Copa Libertadores. Allí la observaban Sabella (ya sin su campera marrón), Camino, Gugnali y el Tano Richietti, fiel amigo del cuerpo técnico y colaborador permanente. Lucía hermosa. Brillaba. Encandilaba. Y aceptaba, gustosa, una foto tras otra de quién la solicitaba.

Ya de vuelta en el hotel, los jugadores fueron agasajados con una recepción que incluyó a dirigentes, cuerpo técnico, allegados y periodistas. Con el correr de los minutos los hinchas fueron metiéndose en el festejo y los futbolistas decidieron abrir las puertas. Un momento único casi tanto como la vuelta de Ezeiza a La Plata. 9 horas de caravana para llegar a al municipio y ver una Plaza Moreno colmada de hinchas que festejaron un día entero la obtención de la Copa.


Aquel “la ciudad está en orden” de Sabella aún retumba. La ovación que se llevó le significó otra frase para el recuerdo: “Me llevo la música más maravillosa que es la vos de ustedes, la de los hinchas de Estudiantes”. Y así podríamos seguir describiendo frases y momentos. Que los hubo. Fueron tantas historias como personas vivieron la final. Cada uno lo hizo a su manera. Lo vivió y sintió como pudo. A la larga las emociones no se controlan. Se sienten y se viven. Y en el caso de Estudiantes, también se disfrutan.