Aquella noche en Manchester

Carta de Madero al campeón del mundo. Uno de los grandes referentes de la gesta del 68, relató estas líneas para contar detalles de la post consagración. Un momento increíble que marca las diferencias de aquella época y la actual.

16/10/2017 10:09 Tapas
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Parece mentira que haya pasado tanto tiempo… Todavía hoy hay muchas cosas de la experiencia que tuvimos en Manchester que me vienen a la memoria como si hubiesen pasado hace una semana. Por ejemplo, la reunión que tuvimos después del partido en la habitación del utilero Ricardo Callero. Recuerdo que no fue algo que se pactó previamente. Cómo cambió todo, éramos campeones del mundo, pero a las doce de la noche de Inglaterra estábamos cada uno en nuestras habitaciones. Así, sin querer, sin ponernos de acuerdo, coincidimos de repente, en una misma pieza, Bilardo, Verón, Callero, Zubeldía y yo. No sé si había alguien más, estoy casi seguro de que éramos nosotros cinco. En el piso había un nylon con los botines nuestros. Ahí estaban, los veo ahora como si fuera ayer. Eramos campeones del mundo, sí, pero el utilero los estaba limpiando para tenerlos listos al otro día, porque como todos saben aquella había sido una noche de lluvia y barro. Estábamos exhaustos. Y prácticamente sin comunicación con el mundo exterior. La telefonía no era en ese momento lo que es hoy. Entonces, sabíamos casi nada de lo que estaba pasando alrededor de nuestra conquista. 

Fue así que Bilardo le habló a Zubeldía, como un discípulo le habla a su maestro. Y le dijo: “¿Usted se da cuenta, Osvaldo, que en este momento todos los teletipos del planeta están diciendo que su equipo, el suyo, es el campeón del mundo?” Y Osvaldo, con su sana modestia, apenas le respondió: “Y sí, debe ser así, ¿no?” Pudo haber dicho: “Sí, por supuesto, claro que sí”. Pero no eran sus formas. Repitió, una vez más, con esa maravillosa humildad: “Supongo que sí, que así es”. Recuerdo que Carlos insistió: “¿Usted se da cuenta, Osvaldo, que es el jefe y el directo técnico del equipo campeón mundial de clubes? ¿Ustedes se da cuenta, Osvaldo, del sacrificio que hicimos para llegar hasta acá, de que el esfuerzo que realizamos en aquella pretemporada en Necochea y su prédica de entrenarnos con lluvia, sol, frío o barro porque, nos decía, había que estar preparado para cuando nos tocara jugar en esas circunstancias, ha dado sus frutos? ¿Usted se da cuenta, Osvaldo, de que lo que hizo lo hizo bien? ¿Usted se da cuenta, Osvaldo, de que estamos en la cima?” Y Zubeldía volvió a decir sólo sí. Finalmente concluyó Bilardo: “¿Usted se da cuenta, Osvaldo, de que en la cima estamos solos? Y el silencio fue total.

Esa frase encerraba toda una ironía. Estábamos en la cima, en lo más alto, habíamos triunfado, sí, pero estábamos solos. En ese momento no podíamos compartir todo lo que habíamos logrado con nuestras familias, ni nuestros amigos, ni con los dirigentes, ni con los hinchas, ni con las tantas personas que nos habían ayudado a formarnos, a ser lo que éramos en ese instante: los campeones del mundo. Esa frase final de Carlos fue una pincelada, creo yo, de un filósofo. Así era, nomás. Estábamos en la cumbre, pero estábamos solos. Solos de soledad. Fue, sin dudas, una de las cosas más afortunadas que yo le escuché decir a Bilardo. Una definición tan perfecta, tan precisa, que nadie dijo más nada. Cada uno se fue a su habitación a compartir espiritualmente su alegría con esa gente que Carlos había transportado a esa situación, a nuestro presente.

Sí, éramos campeones del mundo, pero esa noche, en Manchester, estábamos solos.


* Carta publicada en la revista Animals!