El hombre que llegó haciendo dedo y fue campeón del mundo

El Tata de Ranchos cumple 61 años y Animals! le brinda homenaje con una nota imperdible: cómo se escapó para probarse en Estudiantes, las charlas con Passarella previo al Mundial, las hamburguesas en México y su particular definición del bicampeón 82/83.

10/11/2017 19:21 Noticias
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--¿Cómo comenzó tu vínculo con Estudiantes?

 --Nació allá por el año 67, cuando las divisiones menores iban a jugar a mi pueblo, Ranchos. Yo jugaba para el equipo de allá y los técnicos que iban siempre un día me quisieron traer. En ese momento mi papá consideró que era muy chico y no me dejó venir, porque yo trabajaba para ayudar a mi familia. Pero un día un amigo del pueblo había quedado en Estudiantes, lo acompañé a entrenarse y terminé quedando también.

 --¿Así de fácil fue?

--Noooo. Un día mi amigo me pidió que lo acompañara a la Plata. Salimos a la ruta y nos vinimos a dedo porque no teníamos un mango. En realidad teníamos sólo para la vuelta. Yo llegué con lo puesto y cuando los entrenadores me reconocieron, pensaron que me venía a probar, me hicieron entrenar y me pidieron que me quedara. Yo en ese momento lo único que pensaba era en cómo zafar de la paliza que me esperaba por haberme escapado. La cuestión es que volví, le hice el comentario a mi papá y me permitió volver al jueves siguiente. Me entrené y me hicieron quedar porque al otro día cerraban las inscripciones, el tema era cómo avisar en casa que me quedaba a dormir en La Plata.

 --Claro, porque las comunicaciones no eran como las de hoy.

 --Exacto. Me acuerdo que agarramos una guía de Ranchos y llamamos a un almacén, “La Susy” se llamaba. Y así le pude avisar a mi familia que no iba a volver a dormir. El viernes fui a AFA, me inscribieron y el sábado jugué mi primer partido.

 --¿Y cómo fue para un chico criado en el campo estar de un día para el otro en la Capital?

 --Ese fue todo un tema que te voy a resumir en una anécdota. Nos fuimos en tren con Cacho Puebla y algunos compañeros. Bajamos y para llegar a AFA teníamos que tomar un subte, entonces Cacho sacó las fichas y yo no tenía idea de cómo se usaban. Entonces me quedé al final de la fila y veía que todos ponían la ficha y pasaban, pero nadie me explicó que había que empujar el molinete. Entonces salté…Para qué. De paisano bruto para arriba me dijeron de todo.

--¿Y ahí mismo te mudaste al Demo?

--No. Yo me quedé en mi pueblo porque trabajaba y tenía que ayudar en mi casa, entonces el Club me permitió quedarme un tiempo y a medida que fui progresando me mudé. Compartíamos la pensión con Patricio Hernández y Abel Coria, por nombrar a algunos. La verdad es que fue una etapa de mi vida muy linda.

--¿Tenían comodidades o la pasaban mal?

--La verdad es que no teníamos las comodidades que puede haber ahora. En invierno corríamos las camas porque teníamos techo de chapa y en un momento empezaban a caer las gotas de helada. Y en verano hacía un calor insoportable. Pero nosotros siempre estábamos riéndonos, de buen humor y disfrutando del momento. De lo único que me arrepiento es de haber estado infinidad de horas tirado en una cama mirando el techo y pensando en boludeces y no haber estudiado inglés. Esa fue mi cuenta pendiente de la época.

 --¿Por qué?

 --Porque el fútbol me dio la posibilidad de conocer el mundo y creo que me hubiese servido de mucho. Yo conocí el mundo, pero me quedé con mucha impotencia por no poder preguntar un montón de cosas. Es por eso que mi hijo más chico ya habla inglés e italiano.

 --¿La pegada de Patricio fue natural o la fue trabajando?

 --Patricio fue único. Nos hicimos muy amigos porque compartimos muchas cosas. Patricio fue una tarde a Bastons Deportes, que quedaba en 51 entre 7 y 8, y se compró 10 pelotas. Entonces casi todas las tardes salíamos a la cancha auxiliar y practicábamos tiros libres. Él le pegaba desde el costado y yo entraba y cabeceaba. Creo que la vida me premió por esas tardes de práctica: hice un gol de cabeza en la final del Mundial con un tiro libre desde el costado.

--¿Cómo fue el momento del debut en Primera?

--Yo tenía 18 años. Me acuerdo que nos estábamos entrenando en la tercera con el “Cochero” Antonio en la cancha auxiliar y Bilardo nos miraba desde atrás del alambrado. Entonces después de la práctica nos dijeron a Patricio, al Titi Herrera y a mí que nos teníamos que presentar al otro día en City Bell a entrenarnos con la Primera. Imaginate lo que fue para mí. Yo me venía de Ranchos a dedo para ver a Estudiantes consagrarse campeón de la Libertadores y un tiempo después concentraba con esos fenómenos y tuve que salir al Monumental a jugar con River. Son cosas que no me voy a olvidar en mi vida.

 --¿Por qué el equipo del 82-83 marcó una época en el Club?

 --Creo que en eso tuvo mucho que ver la vuelta de Bilardo. Su figura imponía respeto. Si nos ponemos a hablar de Bilardo tenemos que hablar de una eminencia. Él tenía la capacidad de sorprenderte día a día con algo distinto. Creo que una de sus grandes virtudes era tener a todos bien, al que jugaba y al que no jugaba.

--¿Y cómo lo conseguía?

--En realidad tuvo que ver mucho el profe Echeverría. Estoy seguro que Carlos en la casa debe tener un cuadro en la casa y todas las mañanas le debe agradecer. Así como yo tengo la foto de Bilardo. 

--La mayoría de las personas que lo conocieron hablan maravillas del profe Echeverría, ¿Qué lo hacía distinto?

 --Con él podías entrenarte tres horas pero te divertías. Entonces te entrenabas a muerte pero no lo sentías. Tenía ganas, chispa y focalizaba en los que no jugaban. 

 -- ¿Y Bilardo? ¿Cómo te formó?

 -Carlos pasaba horas marcándome aspectos del juego. Me hablaba y me marcaba las pautas de cómo anticiparme, dónde hacer un foul y dónde no. 

 -- Estaba en todos los detalles…

 --Claro. Un día jugábamos contra River, que tenía a Alonso que le pegaba una barbaridad. Entonces en la semana previa nos tenía a todos los defensores marcando a los delanteros sin cometer infracciones, porque si hacíamos un foul cerca del área era medio gol de Alonso.

 --A Estudiantes se lo castigó mucho por la forma de jugar en la década del 60, pero poco se le reconoció la inclusión de tres enganches en aquel equipo que tan bien jugó en la década del 80…

 --Es cierto, nosotros jugábamos con tres enganches. Era un gran alivio tener tantas variantes de pases. Nosotros recuperábamos y podíamos elegir entre Ponce, Trobbiani y Sabella, eso era importantísimo para los defensores.

 

 --Si hubieses jugado contra aquel equipo, te habrías vuelto loco.

 --Sin ninguna duda. Teníamos mucha rotación. Los tres enganches eran jugadores diferentes. Pensaban y resolvían como lo hacen los grandes. 

--¿Ese equipo jugaba lindo?
--No, jugaba hermoso. La verdad es que jugábamos muy bien. Brindábamos espectáculo en un momento donde todos los equipos estaban bien armados. 

 

--Es un dato curioso que con tanto exquisitos en el equipo hayas sido vos quien convirtió dos goles clave para llegar al título…

 

--Momento, momento. Yo hice los goles gracias a los fenómenos que teníamos. El gol de Vélez lo hice porque el Bocha Ponce me puso la pelota en la cabeza. Y en Córdoba pude hacer el penal por una gran pelota que le puso Sabella a Gottardi y no lo pudieron parar. La gran virtud que tuvimos es que los once jugábamos para los once.


 

--Luego de llegar a la gloria con Estudiantes llegó la Selección. ¿Cómo fue pelear el puesto con Passarella?

 --Yo me preparé pensando en que iba a tener una oportunidad y no la podía desaprovechar, porque delante de mí estaba Passarella. Tenía que pensar que si me necesitaban tenía que estar diez puntos, entonces trabajé pensando en ese objetivo.

--A Passarella lo conocías del Demo y Bilardo los puso en la misma habitación. ¿Hablaban sobre la pelea por el puesto?

 

--No, para nada. Nos teníamos mucho respeto. Cuando estaba en el Demo lo único que quería era jugar al menos un partido en Primera porque era el deseo de su padre. Con el paso del tiempo me lo encontré en Italia y le pregunté si el padre estaba contento y se mataba de risa.

 --¿Cuánto incidió la confianza que Bilardo tenía en vos para ganarte el lugar en la Selección?

 --Muchísimo. Carlos confió en mí toda la vida. Me puso en primera a los 18 años, si eso no es confianza… Carlos me preparó futbolísticamente y también mentalmente. 

 --En la final ante Alemania conseguiste el primer gol del partido. ¿Cuando la pelota venía en el aire sabías que entraba?

--Sí. Cuando veo que el arquero sale mal, sabía que era gol. Burruchaga le pegaba a la pelota de una forma espectacular y con una comba bárbara. Entonces salto, me apoyo en Maradona y cuando siento el impacto sabía que era gol. Es más, cuando veo que el arquero sale mal pensé: “Chau, lo cagué”. Y salí corriendo para el lateral a festejar. 

 

--Dos de tus goles más importantes fueron de cabeza y con características similares. ¿Fue casualidad?

 

--No, fue trabajo. Cuando le hago el gol a Vélez me marcaba Pedro Larraqui. Yo le amagué para un lado y en cuanto le saco un paso largo chau, no me pudo parar. 

 

--En la final del Mundial te lesionaste la muñeca y seguiste en cancha. ¿De ese partido no te sacaban ni muerto?

 

--No salía ni loco. Hice mucho para jugar ese Mundial. Es el día de hoy que no entiendo cómo puedo caminar seis, siete u ocho kilómetros por día. 



--¿Por qué?

 

--Por la lesión que tuve en la rodilla. Hice locuras por llegar en condiciones a México. En el año 85 estuve en Boca y el médico era Pintos. Todos los domingos antes de jugar me sacaba dos o tres jeringas con líquido y sangre. Jugaba y después estaba casi toda la semana sin entrenarme porque la rodilla no daba más. Un día el médico me dijo que no me podía sacar más líquido y entonces empecé a sacarme el líquido yo mismo.


--Para colmo de males llegaste al Mundial sin club…

 

--Claro. Pertenecía a Nacional de Medellín, pero no tenía equipo fijo. Allí una vez más Carlos se la jugó por mí y me llevó, aún sin tener equipo. 


--¿Llegaste bien entrenado?

 

--Sí, porque todos los días me entrenaba con el profe Echeverría. Nos encontrábamos en el Bosque, en el Parque Pereyra o en el camino a Punta Lara y haciendo eso llegué a jugar el Mundial. En realidad me la jugué porque no tenía ninguna entrada económica y sabía que México 86 podía ser un relanzamiento de mi carrera y, por suerte, me salió bien. 


--Con semejante sacrificio, el problema en la mano no te iba a prohibir permanecer en la cancha. ¿O pensaste en salir en ese momento?

 

--Ni loco. Yo tenía el brazo estirado y me dolía, entonces lo flexioné y el dolor amainó. Entonces se me ocurrió engancharme la muñeca haciendo un pequeño corte en la camiseta. 

 

--¿Cuántos minutos jugaste así?

 

--Más de 25.


--¿Perdiste timing para saltar en ese lapso de partido?

 

--Y… era distinto. Encima nos empataron y yo me imaginaba los títulos de los diarios culpándome a mí por jugar lesionado y a Carlos porque no me sacaba. ¡Si perdíamos era el día de hoy que no podía salir en la calle!


--¿Carlos no te hizo la seña para salir? 

 

--No, la verdad que no. Yo salí caminando con el doctor Madero. Entonces él le hace la seña a Bilardo para que tenga cuidado, porque no sabía si podía seguir. En ese momento le dije a Madero que no iba a salir ni loco, que ni se le pase por la cabeza sacarme. La cuestión es que me sacan para atenderme y cuando Madero se distrajo me metí de nuevo a la cancha.


-- Apostaste fuerte…

 

--En un partido cualquiera no salía ni en pedo, imaginate en la final del mundo. 

 

 

--¿Tuvo que ver tu formación en Estudiantes en ese momento?

 

--Sí, sin lugar a dudas. En Estudiantes me enseñaron que la única manera de dejar la cancha es estando muerto y eso es un orgullo para mí. Yo visité muchos lugares del mundo y en todos lados mencioné orgullosamente que fui formado en un club como Estudiantes. 

 

--¿Bajo qué circunstancias hubieses salido?

 

--Fracturado. O con uno de esos desgarros en los que el médico te palpa y pegás un grito terrible. O con un ojo colgando. Estudiantes me enseñó a no dejar al equipo con uno menos y por suerte pude aplicar esa enseñanza en la final con Alemania. 


--¿Por qué la generación del 86 terminó desunida?

 

-No sé si es tan así. Hubo un grupo que nos hemos juntado siempre. Pero también es cierto que existieron comentarios que le hicieron mucho mal al grupo.

 

--¿Existen culpables de lo que pasó?

 

--Creo que todos colaboramos. O no todos quizás, porque no puedo a involucrarlos a todos. Pero me parece que algunos hemos cooperado para que salieran a la luz cosas que hubiese correspondido mantenerlas en secreto.

 

--¿Tu hijo menor se llama Diego por Maradona?
--Exacto


--¿Bilardo era un técnico muy rígido?

 

--No, era un tipo con el que se podía hablar sin problemas. Varias veces estuvimos con la Selección y nos ha permitido salir hasta las dos o las tres de la mañana para distraernos un poco. 


--¿Eso les generaba a los jugadores confianza o responsabilidad?

 

--Las dos cosas. Si él veía que el grupo estaba metido iba para adelante. Mirá, en el Mundial 86 estuvimos 72 días fuera de casa. ¿Vos qué te pensás que fuimos monjas? Cuando teníamos ganas de tomar una cerveza lo hablábamos y, si el tiempo lo permitía, lo hacíamos. 

 

--¿Alguna vez no se abusaron de esa confianza?
--No, no creo. Es más, una vez salimos a caminar en México y pasamos por una casa de comidas rápidas y nos tiramos de cabeza con Ruggeri, Pumpido, Garré y Olarticoechea. Estábamos comiendo como animales y por allá lo vemos a Bilardo que venía caminando. En ese momento no sabíamos qué hacer, pensamos que nos iba a retar fuerte. Entonces se acercó, nos pidió que la próxima vez le avisáramos… ¡y se pidió una hamburguesa y comió con nosotros!

 

--Un fenómeno…

 

--Eso no fue todo. Ese día era el día previo al debut contra Corea, así que todos los días previos a los partidos ese grupo iba al mismo lugar a comer hamburguesas.

 

--¿Y el doctor Madero que decía?

 

--Raúl se quería morir. Se pasaba horas hablando del menú por pedido de Bilardo y un día nos encontró comiendo a todos juntos las hamburguesas. 


--¿Y Bilardo qué le dijo en ese momento?

 

--Empezó a tartamudear y le dijo: “Dejáte de hinchar las pelotas”. Jajajajaja.

 

--Llegaste a Estudiantes haciendo dedo y pudiste lograr hasta ser campeón del mundo con la Selección. ¿El único objetivo que no pudiste cumplir como profesional fue ser técnico del Club?

 

--Creo que eso fue lo único que me faltó. Me encantaría poder ser técnico de Estudiantes algún día. Siempre digo que todo jugador que pasó por el Club quiere dirigirlo. No creo que haya algún jugador que no quiera ser entrenador de Estudiantes.

 

--¿Por qué crees que no se dio?

 

--A veces la gente se olvida de los nombres. Y ojo que no lo digo de mala manera. Hay momentos que el día a día te lleva a luchar y a olvidarte de ciertas cosas. Yo tuve tres etapas como ayudante de campo, pero no pude ser cabeza de grupo.


--Cuando estuviste la primera vez, ayudando a Daniel Romeo, el plantel y cuerpo técnico terminó a las trompadas con los hinchas, ¿Pensás que eso incidió en tu relación con el Club?
--Quizás. Tal vez pudo haber incidido, pero eso fue hace mucho tiempo. Pero no nos tenemos que olvidar que Estudiantes es una familia. Yo cargo con un inmenso dolor, porque a mí me declararon persona no grata en él y esa espina me la voy a llevar a la tumba, pero el paso del tiempo cura todo.


--¿Por qué te declararon persona no grata?

 

--Por la transferencia a Colombia. Yo declaré fuerte y la dirigencia de aquel momento me declaró persona no grata. Ese es un gran dolor que tengo y que no me voy a sacar nunca. Para mí fue un orgullo recorrer el mundo diciendo que fui jugador de Estudiantes. Pero bueno, esa medida que tomaron los dirigentes es una espina en el corazón que no me la voy a sacar jamás. 


--Sabella dijo que Sebastián Verón es el jugador más preponderante en la historia del Club. ¿Coincidís?

 

--Sí. Mirá, yo acá en casa tengo una camiseta de Sebastián y creo que cada hincha de Estudiantes en su casa debería tener una camiseta de Verón. Sebastián es el emblema máximo que ha tenido el Club. Es un tipo que demostró la calidad de jugador que es y dejó mucho en el Club. 

 

--¿Pensás que el Club cambió desde su llegada?

 

--Totalmente. Desde que Sebastián llegó, Estudiantes es otro. 

 

--Fuiste contemporáneo de Juan Ramón y hasta compartieron habitación en varias concentraciones. ¿Con quién te quedás: con Sebastián o con el padre?

 

--Me los imagino a los dos jugando en un mismo equipo. ¡No te imaginas los goles que haría Juan con los pases que le pondría Sebastián! Con los dos en plenitud no los hubieses podido parar de ninguna manera.

 

--No te jugaste…

 

--Jajaja. Es que son jugadores que nacen una vez cada tanto. Ellos tienen una genética de puta madre.