Un cuento de Brujas

El 15 de octubre de 2006 marcó un antes y un después en la vida del clásico platense y de Juan Sebastián Verón. El emblema de aquel equipo jugó su primer derby oficial, lo ganó por una diferencia única y su arenga resultó premonitoria para el desenlace del torneo.

13/10/2016 22:36 Noticias
img

Aquel 15 de octubre de 2006 será difícil de olvidar. En realidad no habrá hincha que borre ese partido de su cabeza. Mucho más si alguno de esos hinchas que disfrutó de la máxima goleada en la historia del clásico platense fue jugador. Para el (ahora) presidente Verón, aquel partido fue único. Lo esperó con unas ganas difíciles de describir con palabras y su postura resultó fundamental para contagiar a sus compañeros dentro de la cancha. Verón fue el guerrero que olió sangre y se transformó. Cada gol lo empujó a buscar mayor diferencia y vaya si lo logró su objetivo.

Curiosamente, aquel partido fue el primer clásico como profesional para Sebastián. Antes de su partida a Boca no pudo jugar en el 3 a 0 del 95 en el Bosque y 11 años después el fútbol le dio revancha. Tras perderse el partido ante Lanús y verlo desde la tribuna l(iteralmente), esperó aquel clásico como uno de los partidos más importantes de su vida. Y vaya si lo fue.

La condición de Estudiantes en la tabla, los números apretaditos en el historial y su sola presencia hacían que ese partido sea especial. La preparación semanal no varió aunque un contratiempo impensado hizo que Simeone encuentre el equipo.  El “Bombón” Casierra amaneció con unas líneas de fiebre y el Cholo mandó a Pablo Álvarez a la izquierda y a Marcos Angeleri a la derecha. Nunca más los cambiaría...

Es difícil establecerlo con exactitud, pero muchos consideran que Estudiantes empezó a ganar el partido desde el preciso momento de la arenga de Verón en el túnel. Puede resultar un pensamiento antojadizo o fantasioso, pero ese “ya sabemos lo que tenemos que hacer. Si queremos salir campeones tenemos que ganar este partido” es tan difícil de olvidar casi tanto como el clásico en sí. 

Ya con el partido en marcha, la Bruja fue el director de orquesta. Centro a la cabeza de Galván y 1 a 0. Apilada y pase -largo- a Pavone y 2 a 0. Cambio de frente monumental para el Tanque, desborde y gol de Calderón para el 5-0. Asistencia precisa a Caldera y 7 a 0... Pocas veces un jugador resultó tan líder de un equipo como él dentro de la cancha. Después de un primer tiempo de galera y bastón, se retrasó a jugar casi como un líbero adelantado. Las patadas lo tenían como destinatario y que mejor que jugar con la cancha de frente y cuidándose para no sufrir una lesión que luego haya que lamentar. A su calidad aquella tarde le crecieron alas y el equipo alcanzó un vuelo impensado. Jugó como un profesional y festejó como un hincha.

“Para mí, como hincha más que como jugador,  fue uno de los momentos más importantes de mi carrera. Cuando sacamos ventaja levantamos un poco el pie del acelerador, pero las expulsiones desvirtuaron un poco más el partido. Había que jugar así, tocando la pelota todo el tiempo para evitar algún contacto”, explicó Verón al final del partido. Claro, la intención era respetar al rival y no salir lastimado debido a la violencia con la que Gimnasia terminó jugando el encuentro: “No me hubiese gustado estar en la piel de los jugadores de ellos y por eso nunca quisimos sobrarlos. Cada vez que se presentó un espacio o una oportunidad, la aprovechamos y concretamos”.

Si bien luego llegaron partidos difíciles de igualar desde lo emocional, aquel clásico ocupa un lugar especial en la mente y el corazón de la Bruja. Su primer clásico oficial lo ganó 7 a 0 y quedó en la historia. Una historia que, desde su regreso, jamás volvió a ser la misma. De allí en más, Estudiantes perdió solo un partido ante su rival de siempre (en el Bosque en 2010) y se dio algunos lujos: ganó con 10, con 9, sin su magia, con visitantes, con locales, dos seguidos en 60 y 118 tras diez partidos sin victorias allí y sacó a Gimnasia de la Sudamericana en el primer enfrentamiento internacional entre ambos. Todos logros conseguidos por diferentes planteles con una raíz sólida: aquel 7 a 0 que no se olvida más.