El día que cambió el fútbol

El 16 de octubre de 1968, Estudiantes escribió la página más grande de su historia y del fútbol argentino hasta ese entonces. Puso de rodillas al mismísimo Manchester en tierras británicas y se transformó en el mejor. Modificó, a su vez, gran parte de la concepción sobre este deporte. Hoy hay menos de 30 campeones del mundo. Y Estudiantes es uno de ellos.

16/10/2016 10:41 Noticias
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 Por Esteban M. Trebucq

“¿Parezco un hombre brutal?”, tituló el Daily Express, con una foto de Bilardo y una pequeña bajada, casi a modo de epígrafe: “El demonio de Estudiantes”.

La pregunta inicial no es fortuita, sino que surgió de un diálogo entre el volante que acaparaba la atención de prácticamente toda la prensa británica, y un periodista de aquellas tierras. Estudiantes ya le había ganado el partido de ida al Manchester en cancha de Boca por 1 a 0, y estaba instalado desde el miércoles 9 de octubre en Lymm, en las afueras de esa ciudad que respira fútbol. Eran las horas previas a la finalísima de la Intercontinental 1968.

James Leyton, el autor de aquella nota, hizo una semblanza de Bilardo y lo describió como un “hombres suave y tranquilo, de apariencia tierna”. Sucede que el desfachatado doctor se estaba bañando, luego de la práctica, cuando un periodista pidió verlo. El Narigón lo hizo pasar a la ducha. “No quería hacerlo esperar, por eso lo recibí así. Dígame, amigo, con este cuerpito que tengo, usted cree que puedo ser tan animal como dicen aquí. ¿No le parece que se han equivocado?”

Semanas atrás, el 25 de septiembre, el campeón e América se había visto las caras con el Rey de Europa, nada menos que el Manchester, base de la Selección inglesa que dio la vuelta en el Mundial de 1966. Los Diablos Rojos hicieron valer su jerarquía ante el Benfica (4 a 1) en el partido decisivo por la Copa de Europa.

La historia es más o menos conocida. El gigante del Viejo Mundo ante el desconocido del confín del Globo, Estudiantes, bisoño ganador de la Libertadores y equipo que aún generaba asombro (y controversia) en el fútbol argentino.


Esa noche brumosa en La Bombonera, el Manchester se fue festejando. ¿Cómo? Estudiantes había ganado 1 a 0, pero los ingleses creían exigua esa diferencia para el inexpugnable coloso de Old Trafford.

“Yo lo vi a Denis Law, apenas terminó el partido saltar como un loco y a los demás abrazarse como si hubiesen ganado. Y me pregunté, claro que me pregunté, con algo de bronca: ‘¿Qué festejan estos tontos, si los que ganamos fuimos nosotros?’ Todos nos miramos y pensamos lo mismo: ¿perdimos? ¿empatamos? Ahí nos dimos cuenta de que no tenían ni idea de qué equipo tenían enfrente. Cuando nosotros marcábamos una diferencia, aunque sea un gol de ventaja, había que sacar los pañuelos blancos”, recordó alguna vez Marcos Conigliaro, el héroe de aquella noche, cuando se levantó para conectar un córner y clavar el 1 a 0 a los 28 del primer tiempo.

Fue un partido bravísimo, una verdadera batalla, a tal punto que la prensa inglesa salió horrorizada. Y se vertieron tantos ríos de tinta en Inglaterra, que el interventor de la AFA, Armando Ramos Ruíz, tuvo que pedir explicaciones a la Federación Inglesa de Fútbol por el trato que se le daba a Estudiantes en aquel país.

Bilardo le contó a El Gráfico, en una charla imperdible, la bravía del rival. “Luego de perder ante el Manchester, el Benfica vino a jugar con Boca un amistoso. Los invitamos a comer un asado para preguntarles cómo era el Manchester. Eusebio, que había jugado el Mundial contra Nobby Stiles, enseguida me mostró la rodilla. ¡Y Eusebio era un verdadero camión con acoplado! ‘Ese Stiles al que lo agarra, lo mata. ¿Contra quién va jugar Stiles?’, me preguntó. Contra mí…”

Y se enfrentaron nomás. “En una jugada -siguió Bilardo- me di vuelta y me pegó una patada en el culo. Fue una de las tantas. Yo ya conté cómo eran para mí las cosas: si te dan, das. Y si te la dan fuerte, te la aguantás. En una de esas, Stiles se cayó y dijo que había perdido un lente de contacto, y que estaba medio ciego. El árbitro le sacó una amarilla por el patadón que me dio luego. Y en el segundo tiempo se fue expulsado (por protestar). Se fue con la policía custodiado”. Su baja fue clave para la segunda final.

Cuenta la leyenda (o la historia) que en esa misma jugada Bilardo le pegó un cabezazo, que así volaron sus lentes de contacto y que éste luego los pisoteó. El Doctor jugó los dos partidos. Y nunca dio muchos más detalles de este hecho.

Estudiantes había resignado prácticamente todo el torneo local. De hecho, equipos alternativos. Y al momento de viajar a Inglaterra, iba último. Dos días antes de partir, perdió 3 a 0 en 57 y 1 frente a Colón. Ese día jugaron Flores, Fucceneco, Pagnanini, Cremasco, Zibechi y Taverna, entre otros.

El profesor Jorge Kistenmacher se había adelantado a todos para conseguir un buen lugar. “Después de mucho buscar, encontré un hotel para nosotros solos y con cancha. También contraté cocineros que hablaran español y que cocinaran lo que les pidiéramos. La alimentación es fundamental. Me preocupé por todos los detalles”, recreó allá por 2008, a 40 años de la conquista.

El hospedaje fue el mismo que había usado Brasil para el Mundial, en la ciudad de Lymm, un pueblito a media hora en micro de Manchester. La delegación, con 18 jugadores y un puñado de dirigentes (algunos fueron por las “suyas” con plata de su bolsillo) partió el lunes 8 de octubre, casi una semana antes de la definición. No bien pisó suelo inglés, fue recibido por el presidente del Manchester City, Albert Alexander, quien había perdido un hijo en la guerra. “Pero mis cinco nietos serán hinchas de Estudiantes”, le dijo al doctor Angel Nanfito, uno de los integrantes de la comitiva.

Puntilloso como pocos, una de las primeras cosas que hizo Zubeldía fue medir la cancha. Le pidió a Ferrari, otro de los dirigentes, que comprara una cinta métrica. Don Osvaldo no quería un tercer partido. En ese entonces no había suplementario ni penales. Todo debería definirse el 19 de octubre en Holanda. Curiosidades de la época: si incluso todo hubiese seguido igualado, aun hasta en el suplementario, el campeón del mundo se iba a definir por una moneda.

La primera práctica en Old Trafford fue el domingo, pero antes los jugadores se cruzaron con el grupo de periodistas. A Bilardo le preguntaron por Stiles y dijo que era el mejor del Manchester. E insistió en que no había pasado nada en Buenos Aires. “Acá Bilardo es tan conocido como Rattín”, graficó el enviado especial de diario El Día. Pero Madero cambió algunas palabras con David Meek, uno de los periodistas que acuñó la idea de “animals”. “Ustedes tienen el deber de decir la verdad -lo inquirió-. En mi país no ocurrió nada, absolutamente nada, y la prensa es la única culpable de todo lo que se ha dicho. Por ejemplo, las incidencias entre Eusebio y Stiles fueron mucho más graves. Además, ¿por qué juzgan a las 65 mil personas que fueron a La Bombonera como animales, cuando el público dio una lección de corrección? Y no tiró monedas u otros proyectiles como en el partido Manchester-Arsenal jugado acá”.

 

En el mismo césped de Old Trafford Estudiantes mostró todo su juego y le clavó 12 a un equipo amateur del Instituto de Tecnología y Ciencias de Manchester. Fue la última práctica futbolística.


El equipo estaba prácticamente definido. Con la misma táctica utilizada contra el Palmeiras, pero en este caso con Togneri sobre Bobby Charlton y Pachamé bien pegado a los centrales Aguirre Suárez y Madero. Arriba, Ribaudo por Echecopar (lesionado), junto a Conigliaro y Verón. Es decir, el mismo equipo de la noche en Boca.


Horas antes del partido, Zubeldía hablaba de fútbol con Mercurio, célebre pluma de El Día. “En Estudiantes si hay un jugador que no se brinda por la camiseta, ellos mismos se encargan de echarlo”, remarcaba por si alguien aún tenía dudas del compromiso que precisaban sus dirigidos para voltear al coloso británico.


Se acercaba la hora de la verdad. Cientos y cientos de platenses ya estaban en Manchester, pero eran inmensa minoría ante la marea roja, que había agotado las entradas, con récord en las boleterías. Llovía.




Eran las cinco de la tarde del recordado 16 de octubre de 1968 cuando el ómnibus que llevaba al plantel de Estudiantes partió de Lymm, aquel pequeño pueblito que había acunado los sueños de gloria y que había protegido al equipo de una ciudad mal predispuesta.


Osvaldo Zubeldía lo sabía. Días antes, el delantero George Best había pedido por televisión que la gente hiciera sentir a los visitantes que estaba en Inglaterra. La prensa inglesa de esos días, sensacionalista como pocas, se había encargado de fomentar el odio del lugar hacía un equipo que desconocía casi por completo. Los prejuicios y la soberbia de una ciudad con poder económico y altamente industrializada hicieron el resto. Un video filmado durante el primer partido en Argentina, en el que se mostraban los alambrados en las canchas, las fosas y otros aspectos “negativos” del fútbol de nuestro país, completaron el hostil escenario en el que se jugaría la revancha de la final Intercontinental. “Viven como animales. Son animales”, decían. ¡Uf!


Media hora después de haber partido de Lymm, Estudiantes llegó a Old Trafford. Y exactamente a las 18.40 Zubeldía dio la orden de que el equipo saliera al campo de juego, mucho antes de lo previsto. El estadio, irascible, recibió a los jugadores con una estruendosa silbatina y aquel grito de animals que, sus hinchas se darían cuenta después, fortaleció el espíritu, potenció el temple y pinchó el orgullo de un grupo que estaba acostumbrado a combatir en la adversidad.


El “animals, animals, animals”, persistente y doloroso, fue en definitiva un vocifero tan agresivo como motivador. Un antes y después en la historia de Estudiantes.


“No saben con quién se meten”, fue la reflexión de Don Osvaldo al ver las caras de sus jugadores apenas volvieron al vestuario. El plan se había consumado a la perfección: el equipo estaba shockeado por semejante clima, pero había tiempo para recuperarse y, en consecuencia, el impacto de volver al campo de juego ya no sería el mismo.


La Caldera del Diablo, como llamaban a la cancha del Manchester, había agotado su efecto. El gol tempranero de Juan Ramón Verón fue la mejor prueba. La limpieza, el coraje y la valentía con la que jugó Estudiantes todo el partido desconcertó a aquellos que minutos antes habían transformado ese lugar en un verdadero hervidero. El León de Zubeldía acalló el coloso e instó al murmullo en las tribunas. Nadie entendía nada; excepto los dispersos hinchas (los ubicaron en diferentes lugares) de este Estudiantes, que vaya si sabía de hazañas.


Aquel equipo argentino, humilde y trabajador, era el primero en consagrarse campeón del mundo en tierras inglesas. Aún hoy este hito no fue igualado. Y probablemente, jamás lo sea en estas dimensiones.




Hubo, entonces, que rendirse antes las evidencias. Primero, dentro de la cancha. Como citó el día después el británico Daily Express. “Un sueño se desvaneció: ganó el que jugó mejor”. Y luego, también afuera, como Raúl Madero les respondió célebremente a unos periodistas ingleses: “Yo soy médico recibido, este señor es Malbernat, estudiante de odontología; aquel otro es Pachamé, estudiantes de Ciencias Económicas… Este equipo dispone de todos los matices. Tiene alumnos, profesionales, también como el doctor Bilardo, músicos… Dígame Mister, ¿dónde están los animales? ¿Usted habla castellano? Porque yo hablo inglés perfectamente. ¿Sabe tocar el piano? Venga, escuche esto…”.


Estudiantes fue mejor que el Manchester en los 90 minutos de juego y un inobjetable ganador. “Vino un centro desde la izquierda, algunos cortinaron y me cayó justa”. Verón puso la cabeza para cruzar el balón luego del centro de Madero, lejos de Stepney, y abrir la historia a los 7 del PT.

Si algo sabía ese equipo de Zubeldía era manejar los partidos. Y así fue. El Manchester presionó y presionó, pero chocó contra una muralla defensiva y las manos de titanio de Poletti. Todos habían hecho lo suyo, como Togneri que prácticamente borró a Charlton del verde césped.


“Dimos una vuelta olímpica corta, porque nos tiraban de todo”, repasó el inigualable Juan Ramón. El frío y la llovizna calaban los huesos, pero no ese corazón henchido de estos leones de Zubeldía y de aquellas almas perdidas en las tribunas que secaban las lágrimas de emoción. Una de las gestas más colosales y maravillosas del fútbol mundial ya se había consumado.


“Nos tiraban monedazos... Cuando subimos al micro -contó el capitán Malbernat- al salir del estadio, sentimos un vacío enorme. No había nada que gritar. No sé quién de nosotros se paró y dijo que había que cantar el himno. Y así lo hicimos”. También fue entre lágrimas.


Osco, hombre de pocas palabras, pero sumamente respetado, Sir Matt Bubys, DT del Manchester, fue elocuente. “Pongamos esto en claro. Esta noche ganó el mejor. Ahora debemos aprender”.

El partido fue áspero, claro que sí. Daily Express contabilizó las faltas de cada uno: 20 Estudiantes, 17 Manchester.


Luego de viajar a Italia (y perder 2-1, gol de Spadaro, ante el Inter en un amistoso en el San Siro), los campeones del mundo fueron recibidos en Argentina como nunca antes había sucedido con un equipo de fútbol. Jamás. Hasta el Monumental, cuando el equipo enfrentó a River, se puso de pie para aplaudir a estos embajadores argentinos que cambiaron para siempre la historia del fútbol.